Segunda edición de El libro de las historias subterráneas

En 2016 publiqué El libro de las historias subterráneas con la editorial Maluma (sin chistes musicales, por favor). Han pasado cinco años y he pensado en reeditarlo junto a mis otras obras independientes. La familia ya está al completo. Si aún no has leído esta historia de misterio y fantasía romántica que transcurre en el metro, bajo el suelo de Madrid, y en el que el intercambio de relatos tiene un papel importante, es el momento de darle una segunda oportunidad.

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Cena con diamantes

Alejandro se disculpó con la pareja de la mesa del al lado. Distraído como iba con los mensajes de su teléfono, no se había dado cuenta de lo cerca que había pasado del respaldo de la joven. El chico no le dio importancia y si lo hizo lo supo disimular. «Pimpollos», pensó y volvió a su asiento dando gracias porque le diera tiempo a regresar del aseo antes de que llegara Patricia. Esa noche, todo debería resultar perfecto. Jugueteó sin ganas con el aperitivo, se moría de ganas de poner los labios sobre una copa de Faustino. ¿Por qué nunca llegaba a la hora? Patricia salía a las cinco de la oficina, había tenido tiempo de sobra. Sigue leyendo

La flor del azar

El local estaba hasta arriba de gente. Las parejas tenían que alzar la voz para entenderse en una espiral ascendente de decibelios. Rober la miró con seriedad:
―Si te soy sincero, no pensaba que volvería a verte.
―No sé por qué lo dices. ¿Acaso te traté con desconsideración? ―preguntó Susana.
―En absoluto, pero en todo momento me pareció percibir que no conseguía conectar contigo.
―El amor es azaroso en extremo, Rober. No deberías esforzarte tanto y menos en una segunda cita.
―¿Esforzarme en comprenderlo?
―No, en agradar.
En realidad, lo que Susana no decía era que le había resultado un poco pelma y que acertaba al pensar que no tuvo intención de volverlo a llamar. Hasta que había surgido aquella ocasión. Y por eso estaban allí, aunque él aún no lo sabía.
―He de reconocer también que me ha sorprendido la elección del local ―prosiguió él, en un intento de congraciarse a la vez que desviaba el tema de una cuestión espinosa.
―Este… local, tiene una historia llamativa.
―Comenzando por el nombre, por supuesto ―comentó Rober, en una clara referencia a la ortografía del rótulo.
Susana asintió. La flor del azar partía, en efecto, de una intención errónea. Herminia, la propietaria, había querido homenajear su origen levantino, pero sus escasos conocimientos del castellano correcto le habían jugado una mala pasada. Cuando encargó el rótulo, olvidó la hache y hasta se permitió ignorar la pregunta bienintencionada del rotulista. De ese modo, había quedado sellado su destino hostelero. Cuando se lo explicó a Rober, éste se limitó a sonreír con suficiencia.
―De ahí su éxito.
―Su creciente aceptación como lugar de ambiente nació más bien de la capacidad de su dueña de adaptarse, de reconocer un error y seguir adelante como si tal cosa. Cuando se dio cuenta de la equivocación, no rectificó. Hizo del azar su aliado y seña de identidad.
Rober frunció el ceño, confundido.
―Herminia comenzó entonces a servir las tapas aleatorias. Te deja elegir de la carta lo que quieras acompañar a tu bebida, pero luego levanta una tapa al azar y es lo que te comes. Puede parecer insolente pero a la clientela, en lugar de enfurecerle, le hizo gracia y corrió de boca en boca. Desde aquel momento, no ha dejado de innovar en su dependencia del albur. Cuando empezó a servir menús del día, nunca sabías qué ibas a comer. Después pasó a las bebidas. Los parroquianos, cada vez más habituales, comentaban que descubrían cócteles a los que jamás hubieran concedido una primera oportunidad.
―Caray, el público es veleidoso ―dijo Rober, sorprendido de veras aunque preocupado por su intolerancia a la lactosa y a las gramíneas.
―No te preocupes, siempre podrás cambiar el plato con alguien de la mesa.
―En realidad es una mesa para dos, Susana, pero me alegra que estés tan bien dispuesta ―añadió, en otro vano intento de agradar.
―Ahí es donde radica, precisamente, la última novedad de La flor del azar. A partir de esta noche, las parejas de las mesas también se distribuirán de forma fortuita, según un sorteo que solo Herminia conoce hasta ahora. En un momento anunciarán la rotación. Como ves, no cabe un alfiler. La idea ha sido todo un éxito. Rober, de verdad, deseo que tengas mucha suerte esta noche.

Foto: La Nueva Crónica

La luna de tu reflejo

Abrió el sobre, por fin había llegado la carta con la tarjeta que lo acreditaba como Amigo del museo del Prado. Sin embargo, se sorprendió con el contenido: a la carta, que lo recibía como miembro del club y agradecía su interés, se adhería con un pegamento delicado una tarjeta de plástico que brillaba como el sol, mucho más áurea que la de un directivo bancario. La sostuvo entre los dedos, pensativo. Era el mejor regalo que le hubieran hecho jamás. Le proporcionaba acceso ilimitado a todas las salas e incluso disponía de una hora adicional al horario de apertura al público. Sonó la alarma de su teléfono. Tenía tiempo de sobra para su cita con Piluca, pero tampoco podía dormirse en los laureles. Aparcó el misterio hasta que pudiera preguntar en la oficina.
Se duchó y acicaló con mimo. Volvió a la habitación para mirar la nueva tarjeta que había depositado sobre la mesilla. Una vez vestido, se giró para mirarse en el espejo y la impresión lo lanzó hacia atrás hasta dejarlo sentado sobre la cama, sin aliento. Lo que veía no era su propio reflejo en el dormitorio, sino un paisaje lleno de colorido por el que se movían con total libertad las figuras oníricas del tríptico del Bosco; era el puñetero jardín de las delicias y en medio del mismo se encontraba él con los ojos perplejos. Parpadeó varias veces pero la imagen persistía. Una segunda alarma irrumpió en ese momento para recordarle que tenía el tiempo justo para recoger a Piluca. Apretó sus dedos entrelazados como si el dolor auto infligido pudiera sacarlo de aquella pesadilla. A duras penas consiguió levantarse y salir para coger el metro. Ya habría otro momento para meditar sobre lo sucedido, a menos que fuera una alucinación pasajera por la emoción y de la que se reiría después. Se moría de ganas de contarle a Piluca lo de su nueva tarjeta de amigo del Prado, convertida ya en su tesoro más preciado.
La tarde transcurrió tranquila. A diferencia de ocasiones anteriores, Piluca no le presionó para que se fueran a vivir juntos. Valentín era un lobo solitario y las experiencias del pasado le habían vuelto retraído. Lo agradeció con un gesto insólito: ofreció a Piluca tomar el té en su casa. Ella aceptó encantada. Nunca antes había accedido al sanctasanctórum de Valentín y le pareció la ocasión pintada para lograr un mayor acercamiento.
Se sentaron muy juntos en el sofá y Valentín terminó cediendo a los arrumacos y a los besos robados. La tomó de la mano y, sin acordarse de lo acontecido antes de salir de casa, la llevó a su dormitorio. Se desvistieron con prisa, con el ansia del descubrimiento. El abrazo los iba rotando hasta que Valentín quedó enfrentado al espejo. Exhaló un gemido ahogado. Tras la imagen de la espalda desnuda de Piluca se extendía un bosque oscuro y, sobre su fondo negro, un árbol de contornos precisos que conocía a la perfección: el del bien y del mal en el Edén. 
Al notar el sobresalto, ella se dio la vuelta y contempló la imagen de ambos, rodeados de los muebles de la habitación. «¿Te gusta lo que ves?», preguntó al ver la cara de pasmo de Valentín, que acertó a afirmar con la cabeza y fijarse en el reflejo dorado sobre el suelo pedregoso de la pintura que él sí veía. Sin apartar la mirada, alargó la mano hasta que atrapó la tarjeta sobre la mesilla y en la que Piluca, llevada por el ardor de los besos, aún no había reparado. Valentín se la ofreció y, nada más posar los dedos en ella, Piluca se abrió a la visión del Paraíso. No tenía miedo, sabía exactamente lo que tenían que hacer. «Tranquilo, tontorrón. Este es nuestro momento», le susurró al oído y, tirando de él, se adentraron en la imagen fluctuante del espejo que los absorbió hasta formar parte del lienzo. Un Adán y una nueva Eva para un nuevo comienzo. Valentín se desvaneció de la realidad con un último pensamiento: «Ojalá hubiera sido la Merienda a orillas del Manzanares de Goya y Piluca, la vendedora de naranjas perfecta».

Cinco son multitud

Desde el otro lado de la calle, Alonso miró a través del humo de su cigarrillo la entrada en el local en el que tenía la cita. Con la pensión menguante era todo lo que podía permitirse, pero no esperaba semejante cochambre. Arrojó la colilla al suelo. Había llegado demasiado lejos para volver con el rabo entre las piernas y, además, se lo había prometido hace quince años y veintiún días. Nunca había sido el alma mater de las fiestas, pero sí el elemento de cohesión en una cuadrilla de amigos tan dispar. «Yo os mantendré siempre unidos», les había dicho y él siempre cumplía sus promesas.
La recepcionista comprobó sus datos sin quitar la vista de la pantalla. Le indicó una sala al fondo del pasillo en penumbras y volvió a su mutismo. La mesa que llenaba casi toda la estancia desentonaba de las paredes desconchadas. Era un equipo carísimo y se preguntó cómo un negocio como ese podía permitírsela. Se encogió de hombros e introdujo la tarjeta en la ranura que la mujer le había proporcionado. Tras los sonidos informáticos, y a la hora señalada, cuatro resplandores holográficos cubrieron los huecos donde debía haber sillas.
Sus rostros eran tal y como los recordaba: Jesús con su rictus permanente, Mónica con su media sonrisa que significaba cualquier cosa, Miguel con la barbilla enhiesta como para compensar su baja estatura y Virginia… Virgisiempre tan angelical. Había ensayado su discurso introductorio, pero encarar a sus cuatro amigos del alma le anudó la garganta.
—Tú dirás —dijo Miguel para robarle el protagonismo y, sin embargo, el acicate que necesitaba.
—Es Navidad —repuso como si lo explicase todo.
Mónica soltó uno de sus bufidos y Jesús carraspeó, pero no dijeron nada.
—…y os echo mucho de menos. Estamos muy lejos los unos de los otros y los años pasan. No se me ocurría otro modo de regenerar lo perdido. Por favor, decidme que no sentís lo mismo y me marcharé para no molestaros más.
La señal electrónica era buena y las imágenes, nítidas y estables. Paseó la mirada entre los cuatro hasta detenerla en la de Virginia, del color de la avellana tostada. Ella sostuvo el envite aunque al final sonrió.
—Alonso, siempre tan ingenuo. ¿Crees que puedes presentarte así como si nunca hubiera pasado nada? Hay ciertas cosas que ignoras y el tiempo no te ha hecho más sabio.
—Díselo, Virginia —intervino Jesús—, dile que estamos todos juntos como antes y que es él quien está lejos.
—Yo no diría ingenuo. Eres tonto, sin más. Puede que tuviéramos nuestras diferencias pero hemos aprovechado el tiempo —añadió Mónica.
—Sí, ahora ella y yo estamos juntos. Para siempre. Lo que no pudiste lograr entonces —explicó Jesús en referencia a la afición casamentera de Alonso— ahora es una realidad.
Estaba perplejo. Mónica y Jesús… Pero si eran como el perro y el gato. Abrió la boca para decir algo, aunque se percató de lo que sus palabras implicaban. Fijó los ojos en Miguel, que no había vuelto a hablar, y después a Virgi, que asintió despacio.
—¿Y tu mujer, Miguel? —preguntó, a punto de un balbuceo.
El interpelado lo fulminó con la mirada. Alonso había puesto el dedo en la llaga sin darse cuenta y ahora las cuentas salían a la perfección.
—Me la arrebataste con todo lo demás, Alonsito. A buen seguro, ya me ha olvidado, pero no te preocupes, he salido ganando —dijo y lo remató con un beso lanzado al aire en dirección a Virginia.
—Esta reunión ha sido un catastrófico error. Sé que tu intención era buena, aunque es mejor dejar las cosas como están. No hay vuelta atrás.
Alonso estaba desolado, intentaba que prevaleciera la amistad y no se había dado cuenta de que quien sobraba era él. No es que esperase que Virgi y él… bueno, sabía que era imposible, pero ¿Miguel?
Sujetó la tarjeta de conexión entre los dedos. Quedaba casi media hora de conexión, pero deseaba más que nunca estar en cualquier otro lugar.
—Tranquilo, cielo. Ahora estamos bien —dijo Virgi y miró a los otros que asintieron a regañadientes—. No te reprochamos nada y ya has pagado con creces. Vive en paz lo que te resta de vida.
Quince años y veinte días purgando su error de conducir aquella noche atiborrado, como los demás, de alcohol y coca. Quince años y veinte días después, se despidió de sus amigos sin estar convencido de que le hubieran perdonado.
Al salir, pidió a la recepcionista un formulario, adaptado a la nueva ley, en el que dejaría constancia por escrito de su voluntad de no poder ser convocado desde el Más Allá. Ellos, sus amigos, no habían tenido esa oportunidad, él la había cercenado, pero en su vida volvería a llamar a los muertos.

Ese perturbador soniquete nocturno


Solo la intervención de Sor Carmela consiguió que Inés accediera a compartir temporalmente su dormitorio de la residencia para la tercera edad, insistiendo en la virtud de la caridad. «Pago para dormir sola, madre», le había dicho antes de claudicar en el confesionario. Desde el primer día, tuvo que soportar la molesta costumbre de Amalia de acostarse con un transistor pegado a la oreja escuchando los resultados deportivos, ese runrún insidioso que le impedía pegar ojo hasta que lo apagaba con un «buenas noches, Inés». «Pero, ¿le gusta el fútbol, Amalia?», le preguntó cuando no pudo más, incapaz de guardarse la cuestión por mucho que se lo hubiera prometido a su confesora. «Si todavía escuchase las noticias o la novela, podría comprenderlo…». La respuesta le llegó en un tímido susurro desde el otro lado de la habitación: «Es como volver a tener al Jacinto pegadito a mí»; después, la conversación fluyó hasta que una de las dos, cualquiera de ellas, se quedó dormida la primera.
Al día siguiente, la coordinadora le anunció que para el lunes volvería a estar sola. «De ninguna manera, Amalia se queda conmigo… Se lo prometí a Sor Carmela».

En la última fila



El abuelo se acercó al tresillo sobre el que Iván estaba repantigado. Echaba de menos los tiempos en que se sentaban juntos a ver la tele, antes de la temida adolescencia. Optó por el sofá junto al cojín en el que reposaba la cabeza de su nieto.
—¿Qué estás viendo? —preguntó en cuanto logró acomodarse y dejar el bastón a mano.
—Una peli —repuso sin más el joven.
—¿De qué va?
—No te va a gustar, es de robots. —Había condescendencia en la voz de Iván.
Al abuelo le molestó la aclaración. Puede que hubiera nacido en el siglo anterior, pero sabía de autómatas.
—Me gustan las de ciencia-ficción —dijo con inocencia.
Iván alzó la cabeza y se lo quedó mirando en busca de un signo de que bromease. El abuelo miraba la pantalla 4K con toda su atención e incluso se permitió hacer un comentario atinado sobre los efectos especiales:
—Ganaría mucho en pantalla grande.
—¿A que sí, abuelo? —dijo Iván con un entusiasmo que decayó de inmediato. Si tuviera carnet de conducir, iría al centro comercial para verla en IMAX. Sería la caña.
—Ya no puedo conducir yo tampoco —dijo el abuelo señalando el bastón.
—Si no te gustan los centros comerciales.
—Para nada, lo que molaba era el cine de barrio. Y el NO-DO —añadió riendo.
—¿El NO-DO? Pero si era propaganda del régimen. En Youtube he visto algunos cortes y eran patéticos. No me irás a decir ahora que eras facha.
El abuelo reía como si fuera a perder la dentadura postiza. Iván lo miraba contrariado.
—No me gusta que me vaciles, abuelo. Ya no tengo edad. O que digas «mola» para parecer moderno.
El abuelo palmeó la mano de su nieto que colgaba con languidez del reposabrazos. Dudó unos segundos antes de preguntar:
—Si te cuento un secreto, no se lo cuentes a tu abuela, ¿vale?
A Iván le brillaron los ojos. El abuelo no era propenso a las batallitas y a espaldas de la abuela le parecía fascinante. Asintió con energía.
—Yo tonteaba con ella, estaba enamorado pero no me hacía caso. Hubiera hecho cualquier cosa por que fuera mi novia.
Iván aguardaba en silencio mientras el abuelo cerraba los ojos para sumergirse en las imágenes del pasado.
—Aún puedo escuchar los crujidos de celuloide cuando el proyector chasqueaba sobre nuestras cabezas en los últimos asientos.
—La abuela y tú, bueno, ¿os besabais en la oscuridad del cine?
—No, Iván. Se trataba de Carmela, la del pelo negro y los senos espectaculares. —El abuelo hizo un gesto con las manos frente a su pecho que dejó anonadado a su nieto—. Para darle celos a tu abuela la invité al cine una tarde. Allí descubrí que la música del NO-DO encendía algún engranaje oculto en su cabeza y se ponía como una fiera —había bajado la voz para no ser escuchando desde la cocina donde trasteaba su esposa—. Perdí la virginidad con ella en el cine Paraíso. Para cuando tu abuela reaccionó, a punto estuve de pasar de ella y casarme con Carmela.
Iván miraba al abuelo de hito en hito, maravillado de saber que, tras la bufanda y el bastón, se escondiera un hombre con los mismos instintos irrefrenables que los que lo angustiaban a él últimamente.
—Te prometo que, en cuanto pueda conducir, os llevaré al cine a los dos —dijo señalando en dirección a la cocina—. Aunque ahora no hay NO-DO.
El abuelo salió de un ensimismamiento al ver el guiño del nieto y, mientras se adormilaba bajo los estruendos del sonido envolvente de la televisión, susurró para sí un «Ay, Carmela».

Prosopagnosia

Emina entró en el restaurante con los nervios atenazados en el estómago. Desde su separación no había vuelto a ver a Mel y ahora, seis meses más tarde, llevaba tres llenándole el buzón de mensajes tras lo que él denominaba su viaje iniciático. Quería verla, hablar de ellos dos y quién sabe de qué más. Mel le había facilitado la tarea. Llevaría un traje azul marino y una corbata de seda roja para evitar odiosos malentendidos. No en vano, se había largado tras la enésima situación embarazosa. Emina lo había pasado mal, no conseguía superar el sentimiento de pérdida. Su claudicación anticipada se había producido al incluir en el SMS de respuesta que estaba sometida a terapia.
Paseó la vista entre las mesas. Era la noche del viernes y no había ninguna libre. Tuvo un primer momento de pánico. Distinguía al menos tres trajes azules. Parada en los escalones que descendían al comedor, aguardó el gesto que le indicara hacía dónde dirigirse. Alguien se levantó y le hizo una seña con la mano. Emina soltó el asa del bolso que aferraba como tabla de salvación y se animó a sonreír. Una vez ubicada, podía dominar la situación.
Mel se arrancó del modo dulce y educado de los primeros tiempos. Le separó la silla para que se sentara y después tomó asiento al otro lado. Atendió las indicaciones del maitre y dio su aprobación al vino. Una vez a solas, Mel dejó en suspenso el comienzo de la conversación. Emina le dejó hacer. La iniciativa era para él.
–He dejado de fumar pero me ha dejado una faringitis crónica de regalo y esta voz aguardentosa.
Emina dio un respingo. No era la forma imaginada para el inicio de aquella conversación. En cierto modo, él la guiaba en las pautas de reconocimiento que la doctora le había enseñado. La voz, los gestos, las manos, eran los detalles que debía memorizar para identificar el maremágnum de rostros cambiantes que su cerebro no lograba procesar. Mantuvo la compostura como pudo, dedicando el tiempo a analizar los detalles del rostro que Mel le presentaba ese día. Estaba muy guapo.
Parecía preocupado de veras. Tal vez estuviera desandando la ruta de fuga que había tomado cuando todo se fue al garete.
—Tampoco esta lesión fue culpa mía, Mel. Al menos tú fumabas porque querías.
Mel asintió. Estaba cediendo en todo y a Emina le gustaba lo que veía. Pero no se rendiría tan pronto.
—Me has dado bien el coñazo con los mensajitos. Estuve a punto de denunciarte por acoso.
—Pero no lo hiciste. Emina, sigo enamorado de ti y estoy convencido de que podemos volver a intentarlo. Fui un idiota. En lugar de esta a tu lado, apoyarte y facilitar las cosas, me largué. No volverá a suceder, te lo juro. No me separaré de ti más allá de lo que las rutinas diarias nos obliguen.
Emina dio un pausado sorbo al Ribera. Necesitaría tiempo, no se lo pondría fácil.
—He hecho progresos, pero es incurable, Mel. La doctora Mendel me lo dejó bien claro. Tu rostro será un extraño para mí cada vez que te mire, cada vez que mire a cualquiera, pero eso no significa que me abandone a la promiscuidad. Aquella confusión en el hotel… Se aprovechó de mí, Mel. Yo estaba convencida de estar contigo. –Emina lo soltó de golpe. Se lo había dicho a sí misma tantas veces que había llegado a creérselo.
—Ahora lo sé, mi amor. Espero que sepas perdonar mi debilidad y mis celos. Te amo y deseo que esto funcione. Empecemos de novios, sin prisas…
A Emina aquello le gustaba cada vez más. “Amor mío… te amo” eran palabras que había relegado al recuerdo de los buenos tiempos. Podían apoyarse en ello para superarlo. Juntos. Emina flotaba entre efluvios de vino tinto y el sabor de los mejores comienzos.
Mel la despidió en el portal con un beso en los labios y la promesa de llamarla al día siguiente. Cuando la sedujo en el Excelsior, ya había estudiado a fondo a su nueva víctima. Deshacerse de Mel, del auténtico, había sido sencillo en el Caribe.

Imagen: Deenesh Ghyczy

En un mundo insensible

En la hora incierta en la que los desvaríos del sueño se derriten, me encontré con aquel oriental que, desde el vano de la puerta de mi habitación, me ofrecía una bolsa de Doritos con expresión compungida en un alarde de «yo pasaba por aquí».
Congelado entre el impulso de salir corriendo, aunque el intruso bloqueaba la única salida, y el de abalanzarme sobre él en legítima defensa, los jadeos de mi corazón me despertaron de nuevo. Todo estaba igual, excepción hecha del asiático fruto de mi imaginación. No creía en los sueños premonitorios, viajes astrales ni en el destino, ya puestos. Me hice fuerte en mi empecinamiento para no recorrer el resto de las estancias del piso. Si alguien había violado la intimidad de mi domicilio, o se había marchado ya o era más silencioso que la noche misma. Una bolsa de productos salados… Me reí de mi propia credulidad sin llegar a tranquilizarme del todo. En cualquier caso, quedaba poco para el toque del despertador y, a pesar del fresco de la mañana que, como todos los días de invierno, ganaba la batalla a la calefacción del día anterior, el sudor dejaba en el pantalón del pijama esa sensación de incomodidad que solo la ducha se llevaría consigo junto a lo que me quedaba de inquietud onírica.
El día transcurrió como todos. Clases, reuniones, grupo de debate. La pesadilla, si es que así podía considerarse, se había diluido como las sombras de la caverna de Platón que, por enésima vez, me esforzaba por iluminar en los parietales de mis alumnos de secundaria. «¿Para qué sirve la Filosofía?», me preguntaban con inmisericordia y yo cambiaba los argumentos por hombros encogidos.
A segunda hora, la pregunta repleta de mala leche estuvo a punto de recibir por respuesta que para descubrir asaltantes del Lejano Oriente apestando a salsa barbacoa. Por fortuna, me contuve pues solo habría conseguido un rapapolvo del director mientras se atusaba la gomina o, como mucho, alguna ingeniosa pintada nueva en las paredes de los baños, si es que alguien aún escribía.
Ni me llevé de vuelta a casa la cartera llena de ejercicios para corregir. Me apetecía caminar y no compartir hedores de transporte público. Así pude detenerme a contemplar los escorzos de una equilibrista callejera o echar unas monedas a una ex toxicómana que se ganaba la vida recitando de memoria poemas clásicos como si fueran propios. Al levantar la vista del exiguo gorro que hacía las veces de hucha solidaria me topé, por segunda vez en el día de las segundas veces, con unos ojos rasgados que se abrían de sorpresa tanto como los míos. Era el hombre de los Doritos que, inopinadamente, salió corriendo entre los transeúntes como alma que llevara el Diablo. Descarté de inmediato todos los pensamientos que sobre serendipias y asuntos paranormales acudían en chorro a mi cabeza. De todos modos, ¿qué posibilidades tenía de encontrar la Filosofía en el cinturón de la M30?

Otra margarita

Otra Margarita – Sorolla
El mentón reposa sobre el broche de la toquilla, las manos se abandonan sobre el regazo, vencidas por el hierro de las argollas. Se sabe condenada de antemano, antes del juicio que espera con resignación, ajena a los ojos de sus custodios, rancios alientos de tabaco y vino con capote verde. Resbala la mirada por un vestido tan deshecho como sus esperanzas. La única venia que espera del juez es que no la lleven al cadalso con esta ropa ajada de celda y lágrimas secas.
En el banco de enfrente aguardan las meretrices. Entraron con estridencia, dedicándose toda suerte de apelativos soeces y haciendo gestos lascivos hacia los guardias, que las han ignorado con el aburrimiento de la rutina. También a ella, a Margarita, han dedicado burlas y pullas hasta que, finalmente, se han contagiado de su silencio. Ahora callan o se hablan entre susurros. Saben quién es, no queda nadie en la ciudad que lo ignore. No matas a un marqués y te abandonas al abismo del olvido. ¿Qué importan los motivos? Él era un Grande, ella una insignificante vendedora de cerillas en un elegante bodegón. Tenía hambre, frío, y nada con que pagar el cuartucho de la pensión de la Venancia. Cómo resistir la sonrisa melosa, el porte señorial de bastón con pomo de oro del de verdad. «Chiquilla, estás tiritando…, pero… ¿tú has comido?»
Las promesas se las llevó el viento, junto con su virtud, obligada a soportar toda clase de actos aberrantes encerrada en un sótano. Vístete con esto, ahora quítatelo. ¿Sabes para qué sirve esto, niña? Las risas escandalosas de los invitados a sesiones privadas, el olor a licor y a puro, las marcas en la piel… y las horas malditas en la penumbra de la mazmorra, a la espera del siguiente martirio. Los recuerdos de Ciluengos, su pueblo natal, eran el único refugio para aferrarse a la cordura.
Levanta la vista y se gira para mirar a los guardias. Un vaso de agua, unas palabras, cualquier cosa mejor que el escrutinio de las muchachas, el silencio de las tablas del solado o la niebla de unos recuerdos que sangran.
Virgencita de los desamparados, que termine ya, que acabe el garrote con este horror. No quiere revivir de nuevo el día que, convencido de su docilidad, el marqués de Rosamora se dejó atar a los barrotes del camastro con ropas de seda, convencido de haber hallado un filón de gozo diferente. Se dejó hacer. Cada corte, el pago por una vejación; cada golpe, justa retribución por cada risa humillante.

Margarita, asesina confesa con alevosía y ensañamiento, mueve por fin las manos. Las desliza por un vientre que creía yermo. Quiera el buen Dios que nadie se percate, que el verdugo sea diestro y se lleve así con ella, el último recuerdo del marqués de Rosamora.