Ese perturbador soniquete nocturno


Solo la intervención de Sor Carmela consiguió que Inés accediera a compartir temporalmente su dormitorio de la residencia para la tercera edad, insistiendo en la virtud de la caridad. «Pago para dormir sola, madre», le había dicho antes de claudicar en el confesionario. Desde el primer día, tuvo que soportar la molesta costumbre de Amalia de acostarse con un transistor pegado a la oreja escuchando los resultados deportivos, ese runrún insidioso que le impedía pegar ojo hasta que lo apagaba con un «buenas noches, Inés». «Pero, ¿le gusta el fútbol, Amalia?», le preguntó cuando no pudo más, incapaz de guardarse la cuestión por mucho que se lo hubiera prometido a su confesora. «Si todavía escuchase las noticias o la novela, podría comprenderlo…». La respuesta le llegó en un tímido susurro desde el otro lado de la habitación: «Es como volver a tener al Jacinto pegadito a mí»; después, la conversación fluyó hasta que una de las dos, cualquiera de ellas, se quedó dormida la primera.
Al día siguiente, la coordinadora le anunció que para el lunes volvería a estar sola. «De ninguna manera, Amalia se queda conmigo… Se lo prometí a Sor Carmela».

GENERACIÓN SUBWAY

«A través del ventanuco, vio que ya había amanecido. Tres correos pendientes parpadeaban en su teléfono. Los abriría en el ordenador y, de paso, echaría un vistazo a ese fondo de escritorio en el que estaba la mujer de sus sueños: Masako Fukuyama, con la mirada perdida en unos cerezos en el margen de la pantalla, ignorando su presencia.» 

Pedro P. De Andres en Generación Subway Breve

No puedo estar más orgulloso de formar parte de este proyecto. 

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CINTURÓN DE CHATARRA

Este relato ha sido publicado en la antología de relatos que el Taller Terbi de la Tertulia de Ciencia Ficción de Bilbao con motivo de su Vigésimo aniversario. Zorionak!

Cinturón de chatarra

Tengo las bodegas llenas. Esta órbita es una auténtica mina, el soplo era bueno. El espectrograma muestra una cantidad no inferior a los veinte mil escombros de tamaños diferentes, unos tres mil de dimensiones aptas para comercio.
Sí, el trabajo es tedioso. Contemplar a esta distancia un planeta azul en una galaxia de segunda tiene menos interés que las carreras de Velktrán, tan manipuladas por los reglamentos que solo las ven los promotores. Activar brazo, depositar escoria, recoger brazo. Comprobación rutinaria, estado aceptable. Catalogar y almacenar. Una y otra vez…
Dos viajes más y me retiro. Palabra. Mientras me desplazo al último punto de extracción, me dedico a interceptar imágenes de las primitivas comunicaciones de este mundo belicoso, feroz, receloso de sus absurdas territorialidades y culturas disgregadas.
El sopor me invade conforme sigo las evoluciones de esos personajes de vidas tan cómicas. Resultan divertidas al adoptar esas poses tan dramáticas. Tiene que ser por su diferente biología y estructura corporal. No me imagino tener un rostro como ese. De vuelta a la estación no mantendría relaciones ni con un waacka.
Salgo del sopor  con los audioculares sobresaltados. La alarma rebota por las paredes de la nave. Rumbo de colisión. ¿Cómo es posible? Un rápido vistazo al panel me indica que, durante mi sueño, he descendido a su atmósfera y un objeto se aproxima a velocidad endiablada. ¿¡Tripulada!? Se suponía que toda esta chatarra no era más que… El choque es inminente, no pueden verme a pesar de que mi camuflaje es bastante tosco. No hay tiempo para reprogramar, activo los escudos y cruzo dos esfínteres…, espero que me de suerte.
El impacto es brutal y caigo en la inconsciencia.
La nave está dañada y he perdido parte de la carga, pero estoy satisfecho. Los armadores han aceptado el material recuperado como parte del pago de las reparaciones y no me he endeudado demasiado. Con los últimos créditos dedico un trago a los siete nativos fallecidos en esa tosca lanzadera que llamaban misión 51-L Challenger.

CERTAMEN INTERNACIONAL DE RELATO ASTE NAGUSIA 2104

Aquí tenéis el relato con el que gané el Accésit a Mejor Relato Negro del Certamen Aste Nagusia de Relato Corto 2014. Está recogido en el libro “Historias de Bilbao en Fiestas”.

Justicia Festiva

Este es el relato con el que he ganado el Accésit a Mejor Relato Negro del Certamen Aste Nagusia de Relato Corto 2014. Está recogido en el libro “Historias de Bilbao en Fiestas”.
Son tres camaradas ocasionales, compañeros de trabajo y ahora socios en el crimen. Bajo la marquesina de un flequillo graso, Andoni resopla por los huecos de la nariz antes de sentar cátedra, como cada vez que habla.
—Os digo que podemos hacerlo, que lo vi en una película de esas de Navidad… Cuando esté mamado, se acojona y… ¡zas! Nos da el día libre.
—Ahora que lo mencionas, a mí también me suena —responde Iker. Siempre está de acuerdo con Andoni—. “Los fantasmas asustan al jefe”, o algo así.
Juanchu resopla y apura su zurito a la vez que alza una mano para que el camarero sirva otra vuelta. No necesita decir más. Es perro viejo, el veterano gruñón de la empresa. Hubo un tiempo en el que bastaba una alzada de sus gruesas cejas para que el pinche de turno tuviera que correr al aseo. «Cuando había pinches…», piensa una vez más con agujas en el estómago y se zambulle en la cerveza del vaso. Sabe que solo son sinsentidos de los otros dos, pero tampoco se impone. Es más llevadero tomárselo a broma y seguirles el rollo.
—Mira Iker. Te coges la furgo y la vaciamos. Juanchu, tú solo tienes que vigilar la puerta del «ogro». Estará dándole al de malta, como siempre… —Juanchu se deja llevar, ríe con ellos y hasta hace como que aporta planes alternativos. Apura la bebida, paga y se marcha a casa. Basta ya de tanta tontería.
***
«Cuadrilla de pusilánimes», dice en voz alta, aunque en realidad es un comentario para sí mismo. Le gusta la palabra. Pusilánime. Tiene un algo que imprime carácter a quien la pronuncia, como a Don Nicolás —el de latín—, que la utilizaba tan a menudo. Y Eleder Eskurtze la repetía constantemente, en especial cuando se refiere a sus trabajadores. «Corren a sus casas como conejos. Se pasan el día pensando en irse, no se implican en el proyecto de empresa». Para más inri, ahora le vienen con que quieren librar el viernes de la Semana Grande. Qué desfachatez. ¿Es que no se dan cuenta de lo mal que están las cosas? «Pues van de culo. A trabajar como cabrones o sino… ahí tienen la puerta», otra de sus máximas preferidas, la que lograba que el temor asomara al rostro de sus empleados, manteniéndolos doblegados.
***
Secuestrar a Mariajaia… Esta sí que es buena. Decenas de miles de personas en el recinto festivo y esos dos planeando un rapto a lo James Bond. Juanchu sonríe mientras introduce las llaves en la cerradura de casa. Bego le espera en la sala, viendo la ETB y él saluda sin pretensiones. Este trabajo me está robando la vida. Una rueda sin fin de jornadas de diez horas —o más— de cocina, de librar un día a regañadientes. Cuando llega solo piensa en echarse sobre la cama, cerrar los ojos y perderse en tinieblas.
—Buenas noches, cariño. —Parece que hoy está de mejor humor—. ¿Le habéis pedido ya el día grande al jefe?
Una larga inspiración. Se le encoge el pecho con solo pensarlo. Bego quiere ir a las barracas, pasear por el Arenal. «Como cuando éramos novios», le había dicho, coqueta.
—Está solucionado, mi vida. Y ahora, si no te importa, me voy a dormir, estoy hecho polvo.
Que me aspen si no se le ha iluminado el rostro ante la «noticia». Verás cuando se entere de que hemos ido a hablar con el «Ogro», pero que nos ha echado tal bronca que hemos salido del despacho con el rabo entre las piernas…
Secuestrar a Marijaia. Qué estupidez.
***
Apenas ha descansado en toda la noche y, para colmo, ha tenido que sofocar el llanto cuando, después de terminada la película, ha llegado Bego a la cama y se ha abrazado a su cuerpo. No recuerda la última vez que durmieron así, pegados hasta iniciar ese suave ronquido que había aprendido a tolerar.
Con los ojos irritados, deja caer la bomba en medio de un frenesí de cebollas peladas.
—Muchachos, no podemos secuestrar a Marijaia… —rostros compungidos que le miran. Andoni resopla y deja caer el cucharón que salpica de salsa la encimera—. Pero tengo un plan.
—Yo ya había hablado con los del grupo —interviene Iker sin dejarle continuar. A veces es un fastidio—. Me dejaban el aparato del humo para el escenario…
—Lo necesitaremos —le anima Juanchu, retomando las riendas del discurso—. Forma parte del proyecto. Lo haremos cuando ya haya empezado la Aste Nagusia y el ambientillo haya llenado las cabezas de todos en la ciudad. Después de todo, no sería creíble que apareciera antes de su llegada a la fiesta, ¿no?
Tiene la atención de sus dos compañeros. Están entusiasmados. Lee en sus rostros la esperanza, aunque también extrañeza.
—Si no la secuestramos, ¿cómo vamos a traumatizar al jefe? —Andoni remueve la salsa con brío renovado.
—Tú eres demasiado fino para el plan, Andoni. Necesitamos alguien más corpulento. —Se gira para señalar al joven—. Iker será Marijaia. Solo necesitamos un buen disfraz, una película y… el humo de los efectos especiales.
—La leche, Juanchu. Eres un genio —sentencia Andoni que se acaba de quitar un peso de encima. Planear un secuestro en la tasca es algo en que matar el tiempo entre cañas, pero ahora suena a posibilidad.
Juanchu se frota las manos en el delantal y se quita importancia: «La idea fue de vosotros dos. Solo he buscado una forma menos llamativa». Iker se rasca la cabeza por encima del gorro de cocina. No acaba de verlo claro.
—Pero Juanchu…, el «Ogro» no va creerse que soy Marijaia. Y menos con esta voz de cantante de rock.
—Melones. ¿Habéis oído alguna vez la voz de Marijaia? —pregunta Juanchu con el entrecejo que marca diferencias. Iker se achanta, no es cosa de llevar la contraria al viejo cocinero—. Entre los copazos y que la pobre no tiene cara de voz melodiosa… todo arreglado.
Juanchu no quiere pensar que se lo juega todo a una carta. No puede fallar a su Bego. «Ahí tienes la puerta», diría el jefe si le pide la jornada libre. Carajo, si ni siquiera viene un cliente a comer el Día Grande desde hace dos años. El restaurante está demasiado alejado del ambiente. Es por joder, no puede gozar de una fiesta. No soporta ver a la gente feliz.
Marijaia es la única esperanza.
***
Apura su copa. Adora el tintineo del hielo contra el grueso cristal. Están tramando algo, esa animación no es normal. Tengo que llamar a la asesoría, no me vayan a pillar desprevenido.
Revisa por segunda vez la columna de saldos bancarios y la cuenta de pérdidas y ganancias del restaurante. El contable externo le ha comentado que no debería quejarse, que otros se han visto obligados a cerrar y, sin embargo, Eskurtze todavía capea el temporal. Los últimos recortes en plantilla han mantenido en positivo el apartado de beneficios, si bien ya no son tan cuantiosos como solían. «Me importa un pito la crisis. Estoy en esto por la pasta». Rellena el vaso y una idea le da vueltas. Tal vez pueda reducir salarios ya que no puede despedir a nadie. No si quiere cubrir los mínimos… Una amenaza con la puerta y fijo que aceptan la rebaja de sueldo.
Está a punto de tragarse un hielo del susto. Dos golpes secos en su puerta han disipado todas sus previsiones. Anonadado, busca en el vaso una respuesta al estupor. Baja los pies de la mesa con el vello desplegado sobre la nuca, aunque no se atreve a ponerse en pie. Como si fuera menos vulnerable tras el parapeto que le ofrece el vetusto escritorio familiar. «Si es un robo, evita mirar en dirección al escondite de la caja», piensa a toda velocidad, pero calmado ante la amenaza.
Vuelven a llamar, pero esta vez Eskurtze no se asusta, ni siquiera cuando un tenue vaho azul se filtra con timidez por debajo de la puerta. Como si viviera la experiencia a través de una cámara de video distante, escucha su propia voz que dice «adelante».
La puerta se hace de rogar. Quienquiera que sea no tiene prisa, no hay violencia en el movimiento. Entre el vapor sobrenatural aparece una silueta rígida, los brazos en alto. Eskurtze tiene tiempo de extrañarse. Suele ser el atracado el que los levanta cuando es encañonado… Nada le ha preparado para lo siguiente.
—Soy el espíritu de la Aste Nagusia pasada y… futura.
Esa voz. Qué leches… Un blusón morado partido por un florido pañuelo.
—¿Qué significa esto? —arranca por fin a preguntar, mientras se frota los ojos. Se está empezando a cabrear y siente la presión arterial bombear a toda máquina.
***
Juanchu llega el martes temprano al restaurante. Se acostó tarde. Bego le pidió que se quedara con ella a ver la película y el nuevo estatus entre ambos le animó a aceptar la tregua. Como de costumbre, abre la cocina y enciende luces y aparatos. Está ansioso por conocer el resultado de la «fechoría» nocturna. No confía demasiado en Iker. Es un joven atolondrado, pero tuvo que dejarlo en sus manos. Ahora que lo piensa, ha visto el coche del «ogro» en el aparcamiento y eso no presagia nada bueno; no suele madrugar tanto y es animal —nunca mejor dicho— de costumbres. Con el estómago encogido se aleja de los fogones en dirección al despacho. No se pierde nada con echar un ojo y tantear el terreno.
La puerta del cubil está entreabierta, pero no se oye nada. Ni siquiera un madrugador tintineo on the rocks. Lo que descubre al trasponer el umbral le deja estupefacto, llenándolo de horror y profunda culpabilidad. En su sillón, con la tez abotargada y violácea, está sentado lo que queda de Eleder Eskurtze. Sus restos mortales. No hace falta ser un forense para saberlo, aunque despliega la tapa del móvil con destreza para llamar al 112. Antes de marcar, ve en la pantalla que tiene un mensaje de Andoni. El corazón vuelve a dar un porrazo en el pecho de Juanchu y lo abre apresuradamente.
“Operación demorada
no hay disfraz para Iker
martes prestan blusa rosa
volvemos a intentar
hablamos luego”.
***
Es el Día Grande de Bilbao. Suena el txupinazo que da comienzo a la jornada. La ciudad estará más animada que nunca, pero Juanchu no puede evitar sentir una carga en el pecho al colocar el cartel de «Cerrado por Defunción». Mientras cierra la puerta del establecimiento, ve el reflejo de Marijaia en el cristal. “Qué carajo…”. Se gira pero solo ve a Begoña que espera en la acera, feliz, como cuando eran novios. Su sonrisa disipa todas las sombras.

FUMATA BLANCA


La cámara secreta mejor guardada del mundo. Custodia objetos que, de darse a conocer, cambiarían la Historia.
Acaba de calzar las sandalias del pescador. Penetra en la estancia con temor reverencial. El séquito queda fuera. Solo él puede utilizar la gran llave de oro. Sobre la mesa central, rodeada de libros cuya existencia se ignora, una caja. Se inclina sobre ella. No hay instrucciones de su antecesor. Él tampoco podrá dejarlas. Pulsa un botón y descuelga el auricular. Se sobresalta al sonido de… estática.
—¿Sí? —la voz tonante llena la cámara.
—¿…Señor?
—Hijo, estos mandatos te doy…

***
Abandona la estancia con paso tembloroso. Mucho que asimilar. Tres pares de ojos dejan de observar entre las sombras y desconectan un aparato.

—Ya es nuestro…

RE-VOLUCIÓN

Domiciano saluda con el puño en alto al desvaído poster del Ché y recoge la bandera comunista enarbolada en cientos de asambleas durante la Transición. Es el momento. Las redes sociales han reaccionado ante el dominio de los políticos sobre una sociedad aletargada. Se estima que serán miles los jóvenes que se concentrarán en la capital para protestar. Domiciano se enorgullece de ver, por fin, un viso de rebeldía en su indolente nieto. Juntos salen a la calle.

Dolores abre la puerta al abatido sindicalista.
—¿Qué ha ocurrido, Domi? ¿La nacional dando palos de nuevo?  —pregunta al ver la opacidad en los ojos de su marido.

—Protestan contra la baja calidad de Internet, Lola. Quieren más ancho de banda…

LA IMPOSIBILIDAD

«¿Es que no fuiste a la escuela? Un teseracto es un hipercubo, una figura cuadrada con cuatro dimensiones, como un cubo tiene tres y un cuadrado tiene dos. Mira, te lo demostraré.»
Robert A. Heinlein “…Y construyó una casa torcida”
Gary corrió a la puerta con ilusión. Era la primera vez que sonaba el timbre desde que había lanzado al mundo su desafío: doscientas mil libras por pasar una semana en la lujosa villa que había construido en cuatro dimensiones, anclada en distintos universos alternativos. Un solar de apenas cincuenta metros cuadrados que albergaba, según afirmaba el propio arquitecto, un pequeño palacio de doscientos por planta, piscina exterior climatizada, invernadero y hasta un laberinto de setos en el jardín.
Puso un ojo en la mirilla y lo que vio superó sus mejores expectativas. Una mujer… Cuando abrió no preguntó quién era, ni miró al grupo de periodistas aburridos que permanecía al otro lado de la valla. Después de un par de meses, pocos quedaban para cubrir la noticia.
—Bienvenida. Soy Gary Lloyd.
Su visitante era delgada, con el pelo corto de un intenso color blanco y una mueca de seriedad irritada en el rostro sin maquillaje.
—Me llamo Iris. ¿Puedo pasar? —preguntó sin cortesía; ya estaba dando los primeros pasos hacia el interior.
Gary se apartó para no ser arrollado por aquella mujer menuda pero imponente.
—Ha venido por lo del reto, ¿verdad? Demostraré al mundo que la construcción es completamente segura.
Ella esperó unos instantes antes de contestar:
—No exactamente… Muéstrame la casa.
Gary estaba confuso. Tal vez ella quisiera comprobar la realidad de la propuesta antes de decidirse a aceptar. Los gurús de la ciencia se habían ensañado con un pronóstico atroz para el final del proyecto. La lista de solicitantes quedó completamente desierta…, hasta ese día. Guió a Iris por toda la planta baja, mientras alardeaba de lo espacioso de las estancias, del gimnasio, la sala de música o la espléndida biblioteca. «Convertido en agente inmobiliario…». Se guardó mucho de expresarlo en voz alta.
En la segunda planta, Gary enumeró los dormitorios: «Aquí la habitación azul, decorada según…, este es el principal, dominado por tonos pasteles…». La mujer lo examinaba todo a conciencia. No estaba interesada en los muebles ni en los aposentos por sí mismos. Comprobaba la certeza de sus afirmaciones, hacía sus propios cálculos.
—Ahora le mostraré el jardín, si es tan amable…
—No es necesario. Tengo suficiente —le interrumpió Iris, dando por finalizada la visita. Se llevó un dedo al oído y pareció escuchar algo, aunque Gary no había visto auricular alguno.
Ella buscó un sofá para sentarse. Antes de cruzar las piernas, extrajo del discreto bolso que portaba un sobre rectangular, de papel grueso y color de pergamino. No tenía remite, pero el nombre de Gary aparecía en letras doradas en el anverso.
—He venido a entregar un mensaje. Lo siento, no puedo disfrutar de tu hospitalidad.
Gary suspiró con decepción, mientras tomaba entre sus manos el sobre. «No parece del Juzgado». Si no conseguía vender la casa, los préstamos vencerían y quedaría arruinado. Todo habría sido en vano. Necesitaba demostrar que no había peligro, que sus teorías eran correctas. El problema de la superpoblación quedaría resuelto; los habitantes de la Tierra dispondrían de viviendas dignas, nuevos cultivos…
Acompañó a Iris hasta la puerta y contempló cómo se alejaba. No lamentaba que se fuera. Mejor solo que mal acompañado.
De vuelta a su estudio, se sentó para leer la carta:
«Estimado señor Lloyd.
Enhorabuena. Si está leyendo estas líneas es porque Iris, nuestra enviada, ha validado su teoría del Campo Multiversal.
Nos complace invitarle, con la mayor de las cortesías, a abandonar su universo de origen en el plazo de diez segundos.
Atentamente,
Zeus, portavoz del Consejo de Administración de Olimpo Ltd».
Ocho, siete…, debía tratarse de una broma macabra, un ardid de sus detractores. Cinco, cuatro…, no se reirían de él, de ninguna manera, dos, uno…
Plop.
Zeus apartó los ojos de la pantalla, visiblemente irritado. El quinto intento en lo que iba de década. Era cuestión de tiempo que los humanos superaran las barreras y no pudiera frenar su incontenible ansia de expansión. Con un suspiro, pulsó un botón de la consola.

—Haz venir a los cuatro jinetes. Tenemos trabajo.

EL NOMBRE DE LA HOJA

Eran unas ruinas peligrosas. A la luz de los focos de los cascos veían cómo el polvo inmemorial, ahuyentado por sus pasos, volaba en pos de un lugar mejor.
—¿Por qué este lugar, maestro? —preguntó el acólito mientras ajustaba el sencillo cordón trenzado, símbolo de su orden, a la cintura del traje protector.
—Hemos encontrado la localización de una importante sede de poder. De ser cierto, podría haber un importante depósito de ejemplares. —dijo William con la voz distorsionada por la escafandra.
Avanzaron por el pasillo según el protocolo básico de seguridad. El edificio parecía estable, pero… Llegaron a unas puertas dobles con impactos de bala.
—¿Qué significan esas letras, maestro? —Adso señaló el cartel sobre la puerta. A William le fascinaba su insaciable sed de conocimiento.
—No es una palabra, son siglas, las iniciales de una congregación. —El anciano parecía satisfecho—. Es justo lo que buscábamos. Hay que darse prisa, ya sabes lo que pasará si los agentes gubernamentales nos descubren.
William utilizó la ganzúa térmica para desbloquear la hoja de la derecha y la abrió casi con reverencia. Esperó unos segundos a que el aire viciado abandonara la estancia. Los trajes autónomos les protegían de cualquier veneno, más no de una explosión de gas. Cuando estuvo seguro, tiró del cordón de Adso para colocarlo tras de él antes de entrar en el recinto sellado. Por fortuna, William tenía claro cuál era el camino a seguir en aquel laberinto. Descartó varias puertas cerradas más y se dirigió directo a la sala que buscaba: una antigua biblioteca que, sin embargo, no se había salvado de la barbarie y en la que cientos de volúmenes ennegrecidos yacían perdidos para siempre. En un arrebato de intensa furia, levantó con las manos nubes de ceniza en busca de algo que rescatar.
La diosa fue benévola con él.
—Mira, querido Adso —a pesar de la estática, había intensa alegría en su voz—. Hay al menos dos docenas de tomos en buen estado.
Llenos de regocijo, ambos se pusieron de inmediato a catalogar títulos y autores en sus teclados de antebrazo. Adso tardó unos minutos en comenzar las preguntas.
—¿Qué idioma es este, maestro?
—Español antiguo, Adso. Una de las lenguas que más se utilizaban en todo el planeta y que dio a la historia de la Literatura muchas de sus obras cumbre. —William adoptó un tono enojado—. Deberías saberlo, muchacho. Cuando vuelvas a la abadía harás una lista con todos los autores que encuentres en el registro.
Adso no protestó. La tarea no constituía un castigo severo para el joven, que era feliz rodeado de aquellos volúmenes ancestrales, del olor a papel y polvo, a cuero y a leyendas. Casi habían terminado, pero William no dejaría pasar la ocasión. No se iría sin registrar el despacho principal. Abrió todos los cajones a su paso por si quedaba algo de provecho. De la decepción inicial de los primeros muebles pasó a la excitación cuando uno de ellos se resistió. La descerrajó sin miramientos y en su interior halló un libro solitario, sin palabras grabadas en su cubierta. Sus páginas estaban repletas de extrañas inscripciones.
—Esa letra… —acertó a murmurar un atónito Adso.
—Había oído hablar de ellos, pero no pensé que llegaría a vivir para ver uno… —La mente de William trabajaba deprisa—. Se trata de un manuscrito. Observa las columnas y las líneas irregulares. Esto fue escrito a mano, Adso.
—¿Con qué propósito, maestro?
—Es difícil aventurarlo… Diría que esto de aquí son iniciales de nombres propios y lo de las columnas números. —William leyó aquel sinsentido—: R. Rato, M. Rajoy. Entradas, saldos… No tengo claro qué significa, he de investigarlo a fondo, aunque lo mejor será que el Gran Maestre no se entere todavía, ¿estás conmigo, Adso?
El joven asintió. Le idolatraba y haría cualquier cosa que le pidiera. En justicia, William debía ofrecerle alguna compensación y el mero levantamiento de «castigo» no le parecía suficiente, merecía mucho más. En un momento de inspiración cogió uno de los libros que habían recogido y se lo entregó con toda ceremonia.
—Maestro, ¿de qué sirve almacenar libros si no podemos leerlos? —preguntó con el ejemplar apretado contra su pecho mientras salían del edificio.
—Yo te enseñaré, Adso.
Adso cerró “Rebelión en la Granja” con las palabras resonando aún en su cabeza: «Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír».

Ya era hora de que cambiaran algunas cosas.


CASANOVA Y EL MAR

Prometí publicar este relato en el blog y siempre cumplo una promesa. Para ti, Lydia.


Casanova y el mar

El último mensaje seguía ahí, en el móvil; otro esquinazo en el último momento. Debía tratarse de una ex que intentaba pagarle con su misma moneda, pero eran demasiadas como para tener una sospecha clara. Años de seducción, de echar el anzuelo en la Red y conseguir deliciosas presas, siempre los más atractivos pececitos del banco. Esas páginas de contactos era una mina. A Javier le resultaba tan sencillo que, en ocasiones, se aburría, aunque no por ello cejaba en su empeño. El método era sencillo: crear un perfil con su foto más atractiva, unas palabras ligeramente misteriosas en la biografía y unos gustos amplios para abarcar diversas posibilidades. Un par de chateos, a lo sumo, y ya tenía el teléfono. De ahí al dormitorio era un par de cenas, en el caso de la más resistente.
Sin embargo, con Luca había sido diferente desde el principio. Mostró algo de interés, sí, en los primeros compases, pero después entraba y salía del baile con ágiles movimientos evasivos. Cuando parecía que Javier se irritaba y pasaba a otra cosa mariposa, Luca aleteaba de nuevo en las cercanías y el interés rejuvenecía. Todo un reto. Si era cierto que se trataba de una ex, se tomaba muchas molestias. Javier era locuaz e ingenioso, pero no persistente y aquel era el pez del viejo en el mar. Tira y afloja.
Otro mensaje. Que sí, que había llegado, que la esperase, que fuera al bar donde han quedado, por favor, pero que no saliera corriendo. Sonaba demasiado a broma, o peor, a trampa. Javier hizo un amago de dar media vuelta e irse a casa a por otro sedal, aunque no pudo resistir el embrujo de la misteriosa cita. Entró en el local. Solo había una mujer dentro. Tenía que ser Luca, sentada en una silla de ruedas y mirando hacia la puerta con ojos indefensos. Su instinto depredador sufrió un revés. Ahora entendía las reservas con respecto a las fotos del perfil y las evasivas cuando Javier se las solicitaba. Le gustaban las mujeres altas, de piernas largas y caderas estrechas. Luca, en cambio, era una chica del montón con un hándicap adicional. Pudo leer la decepción en los ojos de ella cuando la duda le retuvo en la puerta de la cafetería. Recordó su conversación tan agradable, siempre culta e interesante, por no hablar de su enorme sentido del humor… Reaccionó a tiempo, tenía esa facilidad. Sonrió al mirarla. Qué diablos, la chica le gustaba, tal vez fuera el momento para un cambio.
Se acercó a Luca, desconcertada ante el cambio de estrategia de Javier. Esperaba tensa, como una presa acorralada, pero él sabía ser arrebatador cuando se lo proponía:
—Hola preciosa, ya era hora de conocerte.

            Recibió tal sonrisa a cambio que se derritieron todas y cada una de sus capas de estupidez. La mirada de Luca le transmitió una paz desconocida y de pronto deseó que aún quedara esperanza para él.

LA BIBLIOTECA

Estampé mi firma con satisfacción. Había empleado tiempo y recursos para lograrlo, pero al fin era mía la Villa de las Flores, hogar ancestral de la familia Villena. En su interior, verdadero objeto de mi deseo, la magnífica biblioteca, reunida a través de generaciones.
El portón de acceso cedió con facilidad a la llave, un detalle de buen agüero. Fascinado, exploré mis nuevos dominios hasta encontrarla. Paredes recubiertas de libros de todos los tamaños y encuadernación: enciclopedias, tratados, antologías… Apenas llevaba unos minutos en la mansión y ya me sentía como en casa. Ansiaba perderme en aquella biblioteca, sumergirme en lecturas únicas en el mundo o en la mera contemplación de aquellos anaqueles cuyo contenido era un tesoro.
Qué estupidez. Tenía a mi disposición una de las mayores colecciones privadas y, sin embargo, me sentía atraído por aquel libro solitario que había quedado relegado tras el abandono precipitado de la familia. Reposaba en un atril, abierto todavía por la página que mi predecesor había marcado con la cinta roja. Sería un buen comienzo dar continuidad a esa lectura, un silencioso homenaje a su anterior propietario.
Mi capacidad de lector crítico quedó en entredicho. No era capaz de discernir una historia, un solo pensamiento en aquella amalgama de frases incoherentes, más propias de un escritor perturbado. Provocado en mi más secreto orgullo, a punto estuve de cerrar el libro para siempre y arrojarlo a la chimenea. Cerré el libro y me fui a dormir, aunque fui presa de un sueño en el que el volumen de tapas negras me urgía a continuar su lectura y descifrar su secreto. A medianoche…
***
Desperté ofuscado. El desánimo había tomado el lugar del entusiasmo del primer día en la villa. Nunca antes se había desquiciado mi descanso de aquella manera. Debía hacerlo a medianoche… ¿Hacer qué? ¿Destruir el libro? Tal vez se tratase de una especie de ritual… La falta de adecuado descanso hacía mella en mi talante escéptico.
A pesar de todo, no me acerqué a la biblioteca en todo el día, atrincherado en la redacción de diversas cartas en mi flamante despacho. Por la noche, tras una cena fría, el descanso se convirtió en una repetición de la pesadilla, protagonizada ahora por una mujer de semblante sereno en una tez pálida como la luna llena y cabellos ensortijados, que imploraba mi ayuda con gestos que yo era incapaz de interpretar. Sometido a su embrujo en descanso y vigilia, no me cabía sino afrontar el misterio.
Con renovado valor, mediada ya la mañana, me dirigí a la biblioteca dispuesto a todo. Cargué la copa de un brandy espeso que apuré sin titubeos. Antes de sumirme en la lectura examiné con una lupa el tomo, sin hallar marcas ni señales de interés. No había título ni autor aparente. Me concentré de nuevo en el galimatías de oraciones sin sentido. Los trazos de tinta impresa se alargaban como zarcillos que intentaran apoderarse de mi cordura en una lucha desigual en la que estuve a punto de sucumbir. Mi único apoyo era el recuerdo de la dama pálida. Apelé al sentido común. La racionalidad no podía ceder ante la superstición. Aquello no era nada más que un simple libro.
Leí sin cesar, página a página, sin atreverme a saltar un solo párrafo por temor a perder información de importancia. Con el discurrir de los capítulos fueron tomando forma imágenes en mis retinas como si de un cinematógrafo se tratara. Rostros de una familia de opulencia manifiesta en sus ropas, maneras y que se encontraban sin duda alguna en el interior de la Villa de las Flores. Eran ajenos a mi observación. Tan solo la dama del cabello rizado mantenía su mirada fija en mí, empujándome a continuar. «Medianoche», leía ahora con claridad en sus labios. La historia oculta cobraba sentido entre aquellas hojas: la desaparición repentina de la familia Villena. Imposible saber de qué modo habían quedado atrapados. La mujer reclamaba mi ayuda, tal vez la única esperanza de liberación. Debía continuar la lectura hasta la medianoche, era la clave. Sin embargo, un sutil temor comenzó a calar en mi propósito. Ignoraba si todo aquel montaje no era sino una trampa para aprisionarme a mí también. La promesa que leía en sus ojos faltos del brillo de la vida no parecía un aliciente poderoso como para abrazar tales riesgos. Fue necesario recurrir a toda mi voluntad para poder levantar la mirada de la atracción magnética de aquellas líneas de texto. El reloj de pared marcaba las once y cincuenta. Fuera, la noche era absoluta. Llevaba todo el día encerrado entre aquellas palabras, una prisión elocuente que terminó por decidirme.
Cuando consideré que el hoyo era lo bastante profundo, dada mi escasa aptitud para el trabajo manual, arrojé el libro a su interior, con la esperanza de haberme deshecho de un inquilino inquietante y de una amenaza a mi derecho de propiedad sobre la villa. Desde el jardín, a través de la ventana abierta de la biblioteca, podía escuchar como el carillón marcaba las doce campanadas.