… sin pecado concebida

El sacerdote le dio la absolución. Doña Blanca se había acusado de mantener, a espaldas de su marido, un romance secreto con Tomasito y no había escatimado detalles. Si le imponía una penitencia leve, puede que ella intuyese que no la creía y lo que el cura deseaba era la felicidad de Doña Blanca, aunque fuera tan solo en su más íntima fantasía.

Están entre nosotros



El viento arrastraba los restos del compuesto Y-629. En su celda de la prisión de máxima seguridad de Copenhague, el profesor Franz, aferrado a los barrotes, mantenía a gritos su versión, lo había hecho para salvar al mundo de los invasores infiltrados de otro planeta. Reducidos al cinco por ciento de su anterior demografía, los supervivientes dudaban aún si repoblarlo o llamarlo de nuevo Edén.

Milagros, los justos



El embalsamador jefe, agotado, dejó caer el frasco de ungüento sobre la mesa de operaciones. «No puede ser, logré este puesto porque jamás he fallado en mi labor», masculló. En veinticinco años de carrera, solo había obtenido menciones y parabienes. Sin embargo, con el diácono habían fracasado todas sus técnicas, tanto las clásicas como las innovadas por él mismo. Una sospecha se hizo hueco en su frustración. Giró en la silla para encarar el ordenador. Una clave tras otra le impedían el acceso al registro de procedencia. Con el hedor del cuerpo en sus fosas nasales, llamó a Ramírez, el subsecretario. «¡Qué diácono ni qué narices! Lo que tienes sobre tu mesa es un concejal multimillonario».

Soñó que moría de lunares

La profética pesadilla cambió su mundo. Dejó su carrera como jockey porque empezó a aborrecer los puntos de colores de su vestimenta. Renunció a comer albóndigas por su disposición sobre la salsa del plato y era incapaz de soportar la visión de un vestido de faralaes o los de la mismísima Minnie Mouse.
Nadie le advirtió que, por ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca, se podía también morir de amor.

Acecho

 En el exterior, la tormenta agita la noche de retumbos y trallazos de luz, pero él solo los ha escuchado desde el sótano donde se oculta. Sabe la hora que es, no puede demorarse más, debe salir. La puerta chirría al asomarse al pasillo, consciente de que ha de alcanzar la planta noble evitando las cámaras de vigilancia.
Arriba se escucha una conversación susurrada, se impone el sigilo. Adora sobresaltarlos por detrás, cuando los espejos no pueden delatarlo. Silencioso, se planta tras los americanos; cuando da las buenas noches esperando asustarlos, el más alto se gira con altivez.
—Ah, ahí está por fin. Qué servicio el de este hotel. Afuera espera el taxi, hágase cargo de nuestras maletas.

Correspondencia múltiple


Jacobo se alegró de que cesara el traqueteo del tren. El olor a carbonilla se colaba entre las vendas que le cubrían tanto el rostro y parte del cuerpo. Bajaron la camilla con descuido y, pese al dolor intenso, percibió el bullicio de la estación, un enjambre de soldados que recorría los andenes entre el vapor que exhalaban las ruedas de las locomotoras y a los que recibían madres y novias. Escuchó a los camilleros comentar con jolgorio que había cinco mujeres preguntando por el mismo hombre. Uno de ellos le palpó en busca de la chapa de identificación.
—Oye, ¿tú no te llamas Jacobo Casanueva?
—Llevadme al hospital, bastardos. Y llamadme Virtuoso.

Temporal



Miguel Borrasca salió del almacén con un contrato a media jornada. Casi se presenta tarde al aeropuerto para un par de horas con siete charter. Pese al aguacero, sonrió al capataz con la esperanza de convertirse en fijo algún día. Con suerte, si llegaba a casa a las diez, dormiría cinco horas. El miércoles le habían propuesto para una baja en la recepción de un hotel a las afueras, aunque madrugaría para quitarse el atasco  y no llegar tarde. Antes de fichar, escuchó a uno de los oficiales chismorrear con los subalternos: «qué bien viven los eventuales». Una tempestad de ira le llevó a empotrar su vehículo contra el muelle de carga. Erró, por poco, el morro de un Airbus.

Fotografía: Iberia