Cena con diamantes

Alejandro se disculpó con la pareja de la mesa del al lado. Distraído como iba con los mensajes de su teléfono, no se había dado cuenta de lo cerca que había pasado del respaldo de la joven. El chico no le dio importancia y si lo hizo lo supo disimular. «Pimpollos», pensó y volvió a su asiento dando gracias porque le diera tiempo a regresar del aseo antes de que llegara Patricia. Esa noche, todo debería resultar perfecto. Jugueteó sin ganas con el aperitivo, se moría de ganas de poner los labios sobre una copa de Faustino. ¿Por qué nunca llegaba a la hora? Patricia salía a las cinco de la oficina, había tenido tiempo de sobra. Sigue leyendo

Apareadero 13


Cuando entré en el pub, ya había bastante gente. Me apresuré a pedir un trago y a coger uno de los últimos asientos que restaban. Quedarse de pie en una esquina equivalía a parecer uno de esos chicos que nunca bailaban en las fiestas de antaño. Y no estaba dispuesto, por mucho que los nuevos métodos me parecieran tan absurdos.
Encendí mi tableta y eché un vistazo a mi alrededor virtual; me había documentado, no quería parecer un novato o un bicho raro. Mirar directamente al personal no estaba bien visto, sólo superado en la escala de exclusión social por levantarse y entablar una conversación cara a cara. Gente de todas las edades y orientaciones sexuales se concentraba ya en sus dispositivos. Algunos tecleaban con avidez en las primeras charlas privadas. Me pregunté por la mejor forma de abordar un diálogo trivial, mientras repasaba las distintas fotos de perfil. Mucha niña mona pero ninguna sola. Las más jóvenes aparecían ya con el piloto en gris de «ocupado». Tampoco se hallaban entre mis objetivos. Nunca he sido un viejo verde y no iba a empezar entonces. Por fortuna, quedaban mujeres de edad aproximada a la mía, un poco por encima o por debajo; aunque la estadística reducía mis posibilidades, tenía claro lo que buscaba.
Desperdicié un tiempo precioso en ojear perfiles de otros varones heterosexuales en la sala. Pintaba bien, el porcentaje estaba bastante equilibrado. De repente, se abrió una ventana en mi pantalla. Una chica con el pelo azul y la nariz repleta de perforaciones me saludaba, sonriente. Le respondí con entusiasmo. En el tiempo que llevaba conectado, no había cosechado ni un solo «Me gusta» lo que disminuía considerablemente mi atractivo social. Esperaba que no fuera una broma, parecía la oportunidad perfecta de mejorar la situación. «¿Eres tú ese que escribe libros? Soy Dionis, la librotubera. Hice una reseña de tu novela en mi video blog».  He de confesar que me puse nervioso, pero atiné a abrir una ventana para hacer una búsqueda paralela. Ahí estaba. La leí en diagonal. No me sonaba, pero la primera frase de la crónica tenía dos faltas de ortografía y afirmaba que era un narrador omnisciente el que contaba la historia. Casi se me atraganta el Jack Daniels; era mi único libro escrito en primera persona. «Gracias, Dionis, por tomarte la molestia», respondí. Era lo menos que podía hacer tras tres estrellas sobre cinco en la valoración. Se despidió con un icono de beso al aire y lo mejor de todo: un «Me gusta» que me animó a seguir en el intento.
Media hora más tarde, apagué la tableta. ¿Qué estaba haciendo un tipo como yo en Apareadero 13? Había iniciado un puñado de conversaciones intrascendentes tratando de hacerme el interesante y estaba hastiado. Dormiría solo, pues no iba a seguir el juego al sistema social impuesto. Recogí mi chaqueta y me puse de pie, desafiante. Las miradas de reojo, al punto de escándalo, eran seguidas por vertiginosos cotilleos sobre los teclados.
Y entonces la vi. Sola en una mesa. El pelo oscuro en una melena lisa con el flequillo recto, los ojos ocultos tras una gafas demasiado grandes para su rostro y un brindis mudo en mi dirección. Mi dignidad exigía salir en plan torero, el mentón al cielo, pero soy débil. Lo reconozco. Entre los dos ya habíamos quebrantado unas cuantas normas. ¿Qué importaba una más? «Ni siquiera has encendido ese trasto», le dije mientras señalaba su dispositivo sobre la mesa. «Llevo semanas esperando algo así», respondió. Me acerqué a distancia de contacto físico y alargué la mano para presentarme. Ella la estrechó y se estiró para besar mis mejillas en un protocolo en extinción. «¿Buscas el amor de tu vida?». La pregunta era de seguro una trampa, pero fui sincero: «Todos los de mi vida lo han sido». Con mi mano aún en la suya, me sacó del local. Sólo restaba rematar la noche sin un gatillazo.
Imagen: El confidencial