Me gustas (Pablo Gavilán 7)

Gavilán abrió los ojos y esperó a que pasaran esos minutos de desorientación. No le sorprendía el hecho de estar desnudo y acompañado, no recordaba haber usado pijama en su vida. Lo insólito era no sufrir con la resaca. Se levantó y bebió agua del grifo, más por costumbre que por necesidad. Con el vaso del lavabo aún en la mano se sentó a horcajadas sobre la silla del escritorio; el respaldo solo dejaba a la vista cabeza y extremidades. Daba sorbos distraídos con la mirada fija en la mujer que dormía boca abajo sobre la cama.

—Buenos días, preciosa. Sí, me acuerdo de tu nombre: Susana. Y de que trabajas en una editorial. Estás dormida, puedo hablar sin pavadas. Espera…, no te muevas —Gavilán se levantó y descorrió la sábana que tapaba la parte baja de su espalda. Continuó el monólogo tras sentarse de nuevo en la misma posición de antes—. Mejor así, no tienes nada que esconder, por mucho que anoche dijeras que no te gustaba tu propio trasero y lo mucho que vas al gimnasio para mantenerte en forma. Sé que no me creíste cuando te dije que no te hacía falta, que era cojonudo y entonces preguntaste cómo es que lo sabía. Qué pregunta… Me lo comía con los ojos cada vez que te movías por el pub o cuando fuiste al baño a “empolvarte” como lo llamáis.

»Hemos pasado la noche juntos, tomando tónicas sin ginebra y tú refrescos light. Acabamos en la habitación, en la tuya y a pesar de todo, me da un corte de la leche arrimarme mientras duermes. Supongo que no te importará si te miro más de cerca. Dios, qué bien hueles, ¿sabes? Es la primera vez que me despierto sereno con una tía al lado. No te he contado nada de esto. Si te llego a decir que llevo solo dos semanas fuera de la clínica de borrachos anónimos te largas de la misma. Ya no soy el mismo gavilán de antes, pero todavía sé cómo engatusar a una chica.

»Antes no hubiera sido capaz de hablar de todo esto, ni de coña. Pero las sesiones me acostumbraron a desembucharlo todo. Y es verdad: sienta de cojones. Me alegro de que no me conocieras antes, te lo juro. Era un bastardo cabrón con todas las mujeres. Solo me atraían las jovencitas… No, nunca he sido un pedófilo de esos, joder. Eran mayores de edad siempre, pero yogurines. En cambio tú…

»Me gusta acariciar tu espalda sin que te enteres, surfear esas ondas tan femeninas. Cómo me ponen. Escucho el rumor de tu respiración indefensa y en calma. Pareces tan confiada. Me gustas un montón, ¿sabes? He necesitado una vida para darme cuenta de lo solo que la he vivido. Me gustas, pero no te lo voy a decir. Me darás un beso y dirás que ha sido una noche genial y que ya nos hablamos, aunque sé que no volveré a verte. Sé que solo nos conocemos de una noche, que no puedo estar tan pillado. Tal vez.

»No merezco ser feliz, he hecho desgraciadas a demasiadas mujeres, es mi castigo. Moriré como he vivido: solo. Has de saber que me gustas y que creo que podría vivir contigo el resto de mi puta vida. Quería decirlo aunque no me atreva a hacerlo a la cara.

Susana levantó la cabeza y agitó sus rizos oscuros, casi negros. No tenía cara de dormida y sí una sonrisa divertida.

—No seas tonto, Gavilán. Esta vez eres tú la presa.

Flashback (Pablo Gavilán 6)

La tensión de los primeros minutos se había disipado casi por completo. Los relatos, encadenados bajo la supervisión del doctor, destejían los hilos torcidos de aquellas vidas. Sin embargo, solo después de su turno podía relajarse, como en aquellos tiempos remotos en que la maestra disparaba aleatorias preguntas a los alumnos. Ya era un veterano, conocía el ritual. Una mirada de Santos, adjunto voluntario del proyecto, marcaba el momento de abrirse en canal, aunque no era todavía su momento, sino el de Patricia, la rubia del pelo a cepillo y hombros de boxeador, con la que no había la menor empatía. La amistad no tenía cabida en aquella sala.

El doctor Santos había reconducido la sesión a recuerdos añejos, pulsando rincones olvidados en el teclado de la memoria. Buscaba en el tejido de los sentimientos la puntada que había que recomponer. Siempre sabía dónde dolía… Volver a someterse a ese escrutinio, poner a salvo ese tumor que corroía una vida que, de otro modo, hubiera sido…, ¿qué? ¿Feliz? A otro perro con ese hueso que la vida era muy puta y siempre mordía.

Casi todos sus recursos estaban agotados. Sus compañeros de grupo creían conocer los peores de sus momentos: las fiestas, los excesos, las jovencitas, un matrimonio espantoso… Todo lo que ya estaba a tiro de Google. Santos era un ave de presa. Calmado, paciente, las garras siempre a punto. No le había engañado ni por un momento. Esperaba el momento de desgarrar con el pico la víscera más secreta de sus víctimas.

Mientras Patricia se quejaba de su pasado ludópata, levantó la barbilla en mudo desafío. No demoraría por más tiempo la confrontación. No esperaba que destapar la caja de los truenos liberase su alma, pero el doctor obtendría su carnaza.

Le hablaría de los tiempos de garaje con aquella banda formada por amigos de un pueblo montañés. Carajo, todo el mundo sabía que era natural de Ciluengos, sí. Casi podía leer la decepción en la cara de Santos. «Vamos, puedes darme más, sigue tirando del hilo». Un trago, eso era lo que necesitaba. Con un vaso en la mano podría enfrentarse de nuevo al recuerdo de los cuatro entrando en el local de la peña —una sórdida cuadra a la luz de un par de casquillos en el techo y un sofá raído de tanto trasero—, el día de Santa Eulalia, en busca, precisamente, de alcohol, la pócima de iniciación del guerrero; la reserva oculta de valor para acercarse a Milagros, Mila, la chica de sus sueños y convertirse en hombre, robar ese beso negado.

Miguel, siempre Miguel, hablando con los mayores para conseguir un frasco de aquel líquido transparente en el que flotaban virutas cuyo origen era mejor desconocer.

Un trago…

Seguían siendo la banda de los enanos, pero ya no les veían del mismo modo desde aquella actuación en la plaza por el día grande. Era un orgullo secreto que jamás reconocerían, pero que les brindó no una, sino dos botellas.

La salida, furtiva. Si los hubiera visto algún padre…, ¿qué? A lo mejor no estaría aquí y ahora. Quién sabe cómo se esquiva a la inexorable mano del destino. Los primeros tragos nerviosos, las risas y las bravatas al fresco de la noche en la Ribera. El sonido distante de la verbena que comenzaba, arrastrado por la cálida brisa. Mila…, la invitaría a bailar cuando hicieran esa versión de los Beatles. Anticipaba el oscuro deseo de sentir sus senos incipientes a través de la camiseta, su aliento rozando labios si conseguía articular palabra. Le pediría que salieran, que sellaran el pacto con un beso al amparo del pórtico de la iglesia. No era pecado si eran novios…

Era dulce el pico en los ojos cuando los abrió. Casi se queda dormido. Anda que si llega a hacerlo, Miguel le hubiera llamado nenaza el resto del verano. Se preguntó dónde estaban tanto él como los otros. Debía haberse quedado amodorrado de verdad. Suerte que todavía se escuchaba la música de la verbena. Si habían tocado ya la de los Beatles… Corrió entre los árboles en dirección al soto con el hombro amoratado tras la segunda caída. Aquel maldito licor… Se detuvo a vomitar. No podría besar a Mila con ese sabor tan desagradable en la boca, pero debía bailar con ella, no le pedía más a una noche que se había torcido de repente.

El aire fresco y la liberación de estómago aclararon sus ideas. ¿Afortunado? Ojalá hubiera seguido con la mona a la vera del río. No habría visto a Miguel comerle la boca a Mila, justo en los primeros compases de “Let it be”; no habría corrido como un idiota ciego de ira y de celos; no habría empujado a ambos con la violencia de un corazón roto sin culpa. No habría caído Miguel contra el bordillo dejándose allí la vida… Miguel. Su Miguel, el mejor amigo que nadie pudiera tener.

—Es tu turno… —el doctor Santos había roto el protocolo, o tal vez fuera que llevaba un rato llorando en silencio, sin saberlo.

Se secó las lágrimas que corrían por la cara dejando la vergüenza anticipada a la vista de todos. Tragó saliva y le supo a licor y arcada, a despedida.

—Me llamo Pablo Gavilán, tengo cincuenta y seis años y llevo setenta días sobrio…

Depredador (Pablo Gavilán 5)

«Me he quedado ciego… o algo peor: estoy palmera». Su cuerpo flotaba en una nada oscilante en medio de la oscuridad. Por fin el resto del cuerpo respondió; podía moverse. Rodó sobre sí mismo hasta perder la sensación ingrávida.

El batacazo terminó por despertarlo del todo. No había perdido la visión. La habitación estaba a oscuras y la claraboya cerrada a cal y canto. Se había caído de la cama de agua. La resaca palpitaba en la lengua y las sienes. Carajo… Buscó a tientas el mando a distancia y, después de encontrarlo, el botón adecuado. La rendija de sol se ensanchó conforme el mecanismo resucitaba el día.

«Tengo que cambiar de vida».

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Verdad o consecuencia (Pablo Gavilán 4)

Por fin cesó el chaparrón, pero había dejado encharcado el campo de juego. Lorenzo y Chema no parecían entusiasmados con la idea de jugar al futbol.

—Nenazas —espetó Pablito buscando a Miguel con la mirada. Él no se arrugaría por un poco de barro cuando llegara. A pesar de las palizas de su padre, nunca se quejaba, lo aguantaba todo. Era un tío, Miguel. Aunque Pablito jamás lo reconocería, lo admiraba, era el Príncipe Valiente de Ciluengos, el que proponía las mejores trastadas, el que nunca se echaba atrás.

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Back home (Pablo Gavilán 3)

Bajó del taxi después de dejar una buena propina al conductor y negarse en redondo a que le cogiera sus cosas del maletero. Gavilán se colgó la guitarra a la espalda y aferró las asas de su bolsa de viaje antes de encarar su regreso a casa.

La gira había durado ocho meses. «Demasiado poco. Solía pasar más de un año en la carretera», recordó con amargor. No era necesario llamar, nadie aguardaba al otro lado. Atravesó un jardín lleno de matojos y bolsas de plástico sin molestarse en revisar el estado de la cerca. La puerta lacada de blanco le esperaba, obstaculizando su paso al interior. Junto con las llaves, extrajo del bolsillo el móvil. Se quedó mirando el logotipo del Hard Rock Café en el llavero mientras esperaba el tono de llamada del número de Richar. Soportó estoicamente la tonada de Aerosmith que, supuestamente, debía entretener al llamante hasta que descolgara.

—Cinco, dos, tres, ocho, cuatro… —contestó Richar con cierto tonillo divertido.

—Vete a la mierda, tío…, ¿cómo sabías que…?

—Reservé tu vuelo en persona. Sabía a qué hora llegarías a casa y que, como siempre, olvidarías la combinación de apertura de la alarma. Bienvenido a casa, Pablo.

—No me llames Pablo, capullo. Ya hablaremos tú y yo sobre el último hotel —sin dar tiempo a contestar, cerró la tapa del aparato cortando la llamada. Quería a Richar como un hermano. Llevaban juntos en esto desde el principio, el único que aguantaba su carácter. El único que no se había ido.

La puerta se abrió sin ruido, había costado un dineral. Dejó la guitarra apoyada en la pared, bajo una horrible copia de Warhol y subió la escalera principal. Tuvo que patear alguna que otra lata de refresco vacía. Esa camiseta del suelo… Estaba seguro de que no era suya, pero la chica —una monada, por cierto— la mandaba Richar, de pago. Ya no hacían cola las jovencitas, atraídas por el fulgor del gran músico, su dinero y las celebraciones en las que nunca faltaba de nada. Su agente había despedido al personal. «La cuenta no está para excesos», le había dicho. Joder, podía haberse encargado de que la limpiaran por lo menos. La fiesta de arranque de gira…

Nada más entrar en su habitación, se tiró en plancha sobre la cama de agua, que borboteó en la recepción, adaptándose a su cuerpo tras unos bamboleos. Apartó unos cabellos del rostro para mirar al cielo a través de aquella claraboya tan rocambolesca que había encargado por Internet y que había sido objeto de comentarios en un número de Rolling Stone. “Las estrellas te miran”, lo habían titulado, no sin cierta sorna. Desde su posición alcanzaba a ver el único otro mueble del dormitorio. La estantería del bar daba grima. No necesitaba acercarse para comprobar que la fiesta, además de cierto tufillo, había dejado secas sus reservas. Echó mano al bolsillo trasero de los tejanos que todavía llevaba puestos. Salvado. La petaca estaba a pleno rendimiento, la azafata se había encargado de que no le faltara de nada durante el vuelo. Bourbon…, aquel tipo del hotel, el del pelo a lo Alfredo Landa, se había portado. Tosió después del trago y se tuvo que sentar, apoyando el peso en una mano para vencer el oleaje.

El alcohol le dio la firmeza necesaria para quitarse las botas de punta metálica y arrojarlas a un rincón distinto. Le gustó el sonido del calzado rebotando en la mullida —y mugrienta— moqueta. Ya se ducharía mañana, había encontrado el mando a distancia de la claraboya y sí que recordaba cuál era la secuencia para oscurecer el día. Necesitaba dormir unas horas, aunque fuera media tarde; necesitaba darse por enterado de su vuelta a casa.

Dilema (Pablo Gavilán 2)

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es discografica.jpgPablo no estaba cómodo, no encontraba la postura. Le picaba el acné, hacía calor y tenía sed, pero no le daría esa satisfacción a la gruesa mujer con gafas de pasta y aspecto de reptil que le acechaba tras el mostrador. Lo que de verdad importaba era el logotipo que colgaba de la pared sobre ella: Furia Records.

La lenta tortura se prolongó todavía media hora en la que Pablo estuvo seguro de que el señor Pons no estaba sino jugando al golf sobre la moqueta para ponerle más nervioso. Sin embargo, no pudo evitar el respingo cuando la iguana anunció que podía pasar al despacho.

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Check in (Pablo Gavilán 1)

Le esperaban dos horas antes. El personal de turno en el hotel llevaba tanta tensión encima que cualquier ruido los sobresaltaba. Cuando finalmente apareció en la entrada, cercana la medianoche, estaban cansados. Tanto les daba que fuera Gavilán o el Papa de Roma.

timbre-contacto-transSe quedó plantado delante de la puerta giratoria, con la funda de la guitarra a la espalda y una bolsa de viaje que tenía más kilómetros que él. Con un giro estudiado de cabeza recolocó su tupida melena y regaló una espléndida sonrisa al personal. Un gesto del encargado puso en movimiento a la tropa. El recepcionista indicó al músico que se acercara para proceder al registro, el botones hizo amago de coger el equipaje —a lo que Pablo Gavilán se negó en redondo, rallando en la grosería— y el camarero retomó su tarea de limpiar vasos con profesionalidad.

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Vuelven las historias fingidas

Han transcurrido cinco largos años en los que he vivido mucho y, a pesar de avatares personales e históricos, bastante bien. Cinco años desde aquel marzo del 2015 en los que viajé a Madrid para presentar El libro de las historias fingidas en la sede de la Asociación de escritores y artistas españoles en la calle Leganitos con Mari Carmen Azkona y Emilio Porta.

Banner publicitarioDespués vinieron cuatro títulos más y todos ellos me han hecho muy feliz. Sin embargo, quedaba una espinita clavada: de aquella primera edición no quedaban ejemplares a la venta, salvo en algún portal de Internet y a un precio que nadie pagaría por una opera prima.

De modo que, en medio del confinamiento, me puse manos a la obra para su revisión y reedición. Gracias a Martin McCoy (te debo una), que me puso en contacto con Adyma design y Marien Fernández Sabariego, ahora luce así de bien la nueva portada. Solo me queda esperar que lo disfrutéis tanto como yo lo hice aprendiendo de su escritura.

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Accésit relato Certamen Aste Nagusia 2018

marijaia18

El jurado del Certamen de relato Aste Nagusia de Bilbao ha tenido a bien conceder un accésit a mi relato «Aste Nagusia 2049» en el que se narra una Semana Grande bilbaína un tanto distópica. Será publicado junto a los ganadores y otros relatos seleccionados en la antología anual que publica Mundopalabras. Para ir abriendo boca, os ofrezco el relato con el que el año pasado gané el premio Gargantúa en el mismo certamen. Porque la Aste Nagusia está llena de fantasía y sentido de la maravilla…

 

 

 

CERTAMEN INTERNACIONAL DE RELATO ASTE NAGUSIA 2104El diablo viste de Aste Nagusia

A Cristina Diosdado nada le parecía más grosero que el look de Marijaia. Desde su mesa de diseño de moda, se veía asaltada constantemente por la imagen mental de aquel andrajo colorido sobre el balcón del Arriaga. Su desasosiego aumentaba con la cercanía en fechas de las fiestas de Bilbao. Con lo hermoso que lucía San Fermín… Demontre, si hasta Celedón lucía cierta donosura en su descenso sobre los alaveses. En su calidad de asesora de imagen de ilustres mandatarios y celebridades, se había impuesto como cruzada personal librar a la Semana Grande bilbaína de tan nefasto símbolo. Ya se imaginaba la esbelta figura de una modelo confeccionada en rutilante cartón-piedra y cubierta de lentejuelas, el talle fino y la falda mínima. ¿No pretendían hacer de Bilbao un emblema de modernidad en el siglo XXI? Desde su posición de influencia, dejó caer aquí y allá insidiosos comentarios, susurrados al oído de ediles y junteros. Y esa nariz tan rústica, señoría, qué me va a decir usted a mí… Claro, excelencia, por supuesto que podría contar con mis servicios desinteresados, todo por nuestra amada Villa. Si tan siquiera los comparseros se mostraran menos inflexibles. Imposible, enarbolaban al espantajo como su bandera festiva, la protegían como si de su propia amatxu se tratara. La concordia entre las principales fuerzas vivas de la ciudad era tan importante para todos que, al final, todas sus gestiones y maledicencias cayeron en saco roto. Nadie estaba dispuesto a arriesgar su trasero apoltronado por Cristina y su proyecto.

—Señorita Diordado —el modelista tuvo buen cuidado de enfatizar la erre con la que la diseñadora adornaba su apellido—, entiendo su idea, aunque no alcanzo a vislumbrar en qué selecto escaparate o galería pretende encajar este… maniquí.

Cristina alzó las cejas desafiándole a continuar con sus quejas, aunque su visitante no se arredró por ello.

—El vestido es perfecto como casi todas sus creaciones, pero no entiendo a qué viene esa… pose.

—Haga su maldito trabajo. ¡Je suis une artiste! —le reconvino Cristina, golpeando con fuerza el diseño en la pantalla del ordenador. El susto del hombre fue su pírrica venganza por el «casi todas sus creaciones». Si no fuera el mejor en su trabajo, ya lo habría despellejado.

Una semana después, la dependienta de su exclusiva boutique entró en su despacho con el carmín a medio aplicar.

—Hay una señora que exige verla, señorita Diordado.

—¿¡Exige!? Cómo se atreve… —dijo con furia. De ordinario, habría pegado una bronca de las buenas a esa perezosa por irrumpir en su sancta sanctorum sin llamar y por molestarla con menudencias, pero llevaba días de los nervios y el tono de exigencia terminó por exasperarla del todo. —¿Quién es?

—No tengo ni idea —comentó la joven antes de salir tan deprisa que no hubo lugar a más preguntas.

Cristina se levantó en equilibrios sobre sus tacones. El furor le daba mareos. Salió sin cerrar la puerta pues tenía las manos ocupadas alisando las arrugas que el satén había dejado sobre sus ya no tan tersas carnes. Necesitaba concentración para planificar el golpe. El chupinazo, qué ordinariez, tendría lugar en tres días y aún no sabía cómo dar el cambiazo en el Arriaga antes de que la multitud beoda exigiera la presencia del icono festivo en el balcón. Ya no tendrían tiempo de reaccionar y, cuando vieran la perfección en los rasgos de la nueva modelo, miles de tuits la convertirían en el centro de atención del mundo de la moda. Recuperaría su lugar de una vez por todas y nadie querría de vuelta a aquel adefesio de ropas chillonas y vulgares. Si tan solo supiera cómo…

—¿Qué demonios? —acertó a preguntar cuando llegó a la planta baja, allí donde se exponían sus diseños de alta costura.

Como si sus más osados sueños se hubieran hecho realidad, la ocasión se había plantado ella solita ante su puerta. Parecía imposible, pero allí estaba, gorda y nariguda, tan desagradable con el tufillo a kalimotxo que debía usar como eau de toilette.

—Disculpe que me presente así, señorita Dios… Diordado. Me llamo Mari y tenemos un asunto que tratar, si usted me entiende.

Claro que la entendía. Cristina suavizó su rictus de inmediato, su boca mostrando la más dulce, y sibilina, de las sonrisas. Si la mujerona que tenía delante era la auténtica Marijaia, solo los divos sabrían cómo había ocurrido, lo tendría fácil para llevarse el gato al agua. No necesitaba cometer una ilegalidad para lograr sus propósitos, bastaría con «convencerla» de cualquier forma a su alcance para que fuera sustituida por su creación.

Mari subía las escaleras de caracol con paso firme pese a la estrechez del paso giratorio. Cualquiera diría que semejante soltura fuera posible en una mujer de su envergadura. Cristina, solicita, le cedió el paso y dejó que la precediera al entrar en su despacho.

—Después de usted —repuso en cambio Mari en un tono de voz inapelable.

Aquello no comenzaba con buen pie. Por Dior que esa Mari no se achicaba ante el lujo manifiesto de su lugar de trabajo. No bien se hubo sentado Cristina, Mari cerró la puerta tras de sí dando un único y sonoro golpazo, con sus ojos estrábicos fijos en los de Cristina.

«Mariiiii… Mariiiiii… Marijaia datoooooor», sonaba a todo volumen en los altavoces del Arenal. Cristina estaba en la antesala de la balconada del Arriaga. La Txupinera ya tenía el cohete listo y la multitud coreaba la dichosa cancioncita. Ella lo había planeado, iba a cambiar a la Marijaia por alguien más estiloso. Debería sentirse orgullosa pero, embutida como estaba en un cuerpo de cartón-piedra, no podía bajar los brazos ni quitarse aquella blusa tan espantosa.