Masa crítica

«Debemos ir hacia allí, no hacia allá…». Las voces se alzan airadas, se superponen como una sola conciencia. Hay un clamor en la masa que repite, como una burbuja insidiosa, una palabra difusa que debería explicarlo todo y no soluciona nada: redes.
¿Formamos parte de una urdimbre? ¿Hasta qué punto sepulta nuestra individualidad? Los más despiertos profetizan, no obstante, la libertad con que la red nos liberará de la comodidad del pensamiento único.

Tanto darle vueltas a la cabeza sin sacar nada en claro y no ha sido hasta que me he topado con la red que no he descubierto la verdad: el agua chorrea y somos izados como un solo banco agónico a la cubierta del pesquero.
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Lo que somos

Antes que con sus propios pies, Héctor recorre con la mirada la escalera que le separa de su destino después de trepar seis alturas en círculo. Corre el riesgo de caer agotado en algún descansillo, lejos de sus seres queridos. El calzado, sudoroso tras otro largo día de trabajo, es una losa aferrada a sus tobillos. Damián le dice a diario que deje de jugársela, que cualquier día le va a pasar algo, que no merece la pena, pero no hay sacrificio que no haría por Sofía, que se desvive en un trabajo a media jornada y se las apaña para cuidar de Junior. ¿Cómo podría él acomodarse a un cómodo horario sin horas extras ni pluses de riesgo, mientras ella se deja la vida por todos? Héctor es un hombre de honor, cumplirá su deber para con los suyos.

Una eternidad más tarde, se descalza en el felpudo y se cuela a oscuras, como siempre, para no despertarlos. Un vaso de leche apenas templada en el microondas antes de que suene la campanilla y a la cama sin pijama, que nunca lo encuentra a tientas.

Sofía duerme en paz con el rostro vuelto hacia el lado donde se acuesta Héctor, como si anhelara un beso. Ese sosiego que confirma en Héctor la certeza de que hace lo correcto. En cuanto apoya la cabeza en la almohada, exhausto, inicia un sereno ronquido de abandono sin notar que su esposa lo contempla a través de una rendija inadvertida de sus párpados, como hace todas las noches desde hace meses. Su Héctor, que jamás discute una orden y que apechuga siempre con lo peor. Lo ama demasiado para reprocharle sus ausencias a la salida del cole o que no pueda ayudarla con los deberes de Junior; para echarle en cara que haga sola la compra de la semana; que no haya abrazos en sus brazos para ella; que la pasión se haya diluido en el lento discurrir del agotamiento rutinario. Ojalá pudiera ella mostrar la misma abnegación sin queja, su capacidad de sacrificio silencioso. No le llega a la suela de los zapatos, en comparación, aunque es un pensamiento que se guarda para sí misma.

Junior de mayor quiere llamarse como su padre. Se ha despertado al escuchar el tropezón sigiloso de Héctor al entrar en su cuarto y trastabillar con uno de los cochecitos que, una vez más, no ha tenido tiempo de terminar de recoger. Se hace el dormido y deja que papá se vaya a dormir, aunque lo que le gustaría es contarle lo que ha hecho en el día y, sobre todo, a lo que ha jugado por la tarde después de los deberes. Era una persecución superchula, en la que los malos huían a toda caña, doce coches por lo menos, y al final a todos los atrapaba un solitario coche patrulla, el más rutilante de la colección, ese a cuyo volante se aferra, a diario, Héctor Hernandez Siguenza, su padre, que protagoniza todas las hazañas sobre el asfalto de su moqueta de rayas.


coches de juguete
Fuente: cochesguapos.com




Tablas de pino

Madre e hijo se arrebujan junto a la estufa de leña que hay frente al humilde ataúd de Emiliano. Están solos los tres… no hay más paz ni calor en este velatorio desangelado. El rapaz aprieta con fuerza la mano de su madre.
—¿Por qué se llevaron a padre los hombres malos? Todos decían en el pueblo lo bueno que era.
—Lo sé.
—¿Quién cuidará de nosotros?
El pequeño solloza y, como si buscara consuelo o respuestas, saca del bolsillo de su pantalón la carta que Emiliano envió desde el penal. “El dolor te hará fuerte…”, piensa la madre. Le arranca la misiva y la lanza al fuego con rabia.
—Madre…, ahora no podré llorar nunca más.
—Lo sé.

Oculto entre palmeras

Arena y más arena. Se diría que no hay otra cosa en esta isla maldita. Pero yo sé que él está cerca, oigo sus murmullos en su loco deambular. No tardará en encontrarme, en liberarme de esta prisión de madera para que pueda volver a brillar con todos mis doblones.
Tris, tras. Pasos que se acercan. El golpe de una pala que se entierra.
Estoy listo para encontrarme con Ben Gunn. Los hombres volverán a matarse por lo que llevo dentro, el tesoro de Flynn.
Fuente: http://www.imagui.com/

Bajo el sol del Trópico



Me quito la camisa a la vista de todos, con parsimonia. Qué admiren mis músculos, la piel blanca aún, y sepan que sigo siendo superior. El viento riza la superficie del agua y las hierbas que flotan me dan asco, pero no les daré la satisfacción de hacer una mueca. Meto el pie y la temperatura está a punto de arrancarme la risa floja. No temblaré, soy un hombre del Norte. Entraré con pie firme en el caldero y al diablo con los caníbales.

En la bodega

Desciendo en círculos, con la punta de mi acero hacia delante. Las paredes que me rodean tienen una textura irregular, acorchada, y me invaden los primeros aromas. Estoy cerca y no dejo de bajar, girando, siempre alerta. Por debajo de mí se abre el abismo y al fondo un mar de vino añejo que se agita en sus vapores etílicos. Lo esperaba y, sin embargo, me sorprende el tirón hacia arriba que me libera. Estoy orgulloso, he cumplido mi misión como sacacorchos y la botella se abre con un sonoro “plop”.


Benevolencia (Extracto de “La verdadera historia de Oz”)


«Adelante», dijo el mago y el hombre de hojalata le respondió: «He venido a por mi corazón».


«Muy bien, pero no haré un agujero en tu pecho metálico para colocarlo; se me ocurre una cosa mejor», repuso meditabundo el mago mientras de una mesita cercana tomaba un cofre. Lo abrió para ofrecérselo al hombre de hojalata. «¿Será un corazón bondadoso?», preguntó este con algunas dudas. «La elección es solo tuya», fue su respuesta.

Así fue cómo consiguió un corazón de oro el antiguo leñador, maldito por la bruja malvada del Oeste, de una entresaca de huevos de chocolate, envueltos en bonitos papeles de colores brillantes.

Contrarreloj

Veinte décimas, treinta segundos, minuto y medio. La cadencia de paso, siempre atento a la frecuencia cardiaca en el pulsómetro, un último esfuerzo y el record está al alcance de la mano.
Qué importa lo que ella diga sobre el sobrepeso, las costumbres sedentarias y la crisis de los cuarenta. Si el reloj no corre para mí, estoy hecho un chaval…
Este pálpito, el dolor en el pecho, el sudor frío que estremece y, sobre todo, la ansiedad. Es tal y como lo describió mi mujer, el maldito infarto de miocardio que me va a dejar a medio minuto de mi marca personal.

A vista de pájaro

Pronto abandonaría el nido de águilas. Su destreza en el vuelo aumentaba día a día bajo la firme mirada de su padre, mientras lo aprendía todo sobre su entorno con todo tipo de preguntas

—¿Es cierto que eres el rey de las aves, padre?

—Dicen que las urracas enloquecen con el brillo del oro.

—¿Acaso los pájaros carpinteros fabrican muebles a medida?

—Padre, esos de ahí son los horribles y repugnantes buitres, ¿verdad?

—Lo son, pero te voy a mostrar un secreto.

En un abrir y cerrar de alas, remontaron altura hasta las cumbres rocosas de la sierra, allí donde los carroñeros, en la más estricta intimidad, cuidaban de sus polluelos con el mismo amor de cualquier ser vivo.