Sopera de reyes

Nunca escribía una carta a los Reyes Magos. ¿Para qué? Entre cocina, planchas y fregona no cabían sueños ni ilusiones. Y por la noche, elegante y fresca para atender a los invitados, todos ellos distinguidos caballeros afectos al régimen.Aquel seis de enero, se levantó tarde. Se asustó, estaba sola en la cama fría. Se puso el camisón y bajó la escalinata. Todo estaba en silencio. Llegó al gran salón y un latigazo nervioso recorrió su columna.Junto al belén, ricamente adornado, estaba el zapato de Ernesto. En su interior, la caja del carísmo reloj de pulsera con su garantía vitalicia. Aún sentados a la mesa, sus amigos frente a sus respectivas copas, despatarrados en posturas imposibles. Y Ernesto, que presidía, cómo no, tenía la cabeza hundida en la sopera de plata.No pensó en la mejor manera de limpiar toda aquella sangre. Ni se le pasó por la cabeza alertar a las autoridades, todas las del pueblo estaban de cuerpo presente. Ya no estaba nerviosa. Se quitó el salto de cama y bailó alrededor de la mesa, símbolo de su esclavitud. La sensación de irrealidad se acentuó con un bramido que provenía de los jardines. Tuvo tiempo de alcanzar la ventana. Un dromedario, engalanado de sedas de colores. Sentada sobre la joroba, tratando de encontrar una postura adecuada, una figura de ropas exóticas enfundaba una pistola de esas con silenciador y la miró al percatarse de su presencia en la ventana. La amazona sonrió bajo el turbante y le hizo un gesto para que se le uniera. Puede que sí, que sin necesidad de escribir una carta, existiera la magia para ella.

La acuarela es, como viene siendo habitual, de Mario García.

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Verano en corto

Playa de Sopela

Eva María era una rebelde; el mundo le había hecho así, tenía que buscar el sol en la playa con una maleta de piel y un bikini de rayas porque, como siempre sin tarjeta, alguien le escribía versos y le mandaba flores por primavera.

Él fue gavilán, no quería quedarse en paloma. Antes de partir, juntó un beso y un adiós por todo equipaje. Llamó a su barco “Libertad” y… se marchó.

Les dieron las diez y las once… y desnudos, al amanecer, los encontró la pasma en una habitación del Hotel California.

La vida es una tómbola.

Vuelven las historias fingidas

Han transcurrido cinco largos años en los que he vivido mucho y, a pesar de avatares personales e históricos, bastante bien. Cinco años desde aquel marzo del 2015 en los que viajé a Madrid para presentar El libro de las historias fingidas en la sede de la Asociación de escritores y artistas españoles en la calle Leganitos con Mari Carmen Azkona y Emilio Porta.

Banner publicitarioDespués vinieron cuatro títulos más y todos ellos me han hecho muy feliz. Sin embargo, quedaba una espinita clavada: de aquella primera edición no quedaban ejemplares a la venta, salvo en algún portal de Internet y a un precio que nadie pagaría por una opera prima.

De modo que, en medio del confinamiento, me puse manos a la obra para su revisión y reedición. Gracias a Martin McCoy (te debo una), que me puso en contacto con Adyma design y Marien Fernández Sabariego, ahora luce así de bien la nueva portada. Solo me queda esperar que lo disfrutéis tanto como yo lo hice aprendiendo de su escritura.

Hazte con uno:

Libro tapa blanda

Libro electrónico

Y con él llego el «sarao»

calamos

Regresar de la #Hispacon2017 (lo sé, tengo la crónica pendiente) y que te ofrezcan ser el artista invitado en un evento en Madrid es como no haber salido de un sueño. Gracias a Rosa María Berlanga esta noche apareceré por Tapas y Fotos en Lavapiés con la juglaría a cuestas dispuesto a entretener al respetable con una selección de relatos breves. Además, estaré rodeado de mis invitados (el novelista Tito Álvarez, la editora Marga G. Pacios, la poeta Ángeles Fernangómez y las escritoras Carmen Fabre y Lydia Cotallo) y en el apartado musical, el dúo «Esto nuestro» (Eva del Río y Antonio Santiago) y Julio Hernández, el «negrosexual». Si hubiera tenido que pedirlo a una estrella, no me habría salido mejor. Os espero (y ya tengo dos crónicas pendientes…).

La gran regata de la historia

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Ulises alza la mirada hacia lo alto del palo, allá donde el vigía escruta el horizonte. Mira de reojo a Magallanes y a Juan de la Cosa.

—¿Tierra a la vista, Rodrigo?

El de Triana niega con la cabeza y la ansiedad se apodera de toda la tripulación. Si la nave de Erik el Rojo y el capitán Cook les lleva la delantera, ni Cristóbal Colón el genovés podrá obrar la maravilla.

Allá donde fueres

romana

Sabes que deberías olvidarla, poner algo de orden en tu vida. O también podrías tatuarte su nombre virginal en la lengua para así acariciar su sexo cada vez que pronuncias su nombre. Podría ser una monumental coincidencia que se llamara Lolita en lugar de ese nombre tan absurdo: Plo-ti-na. ¿A quién se le ocurre enamorarse de una muchacha llamada Claudia Plotina? Pero eso es lo que tiene utilizar para asuntos tan poco prosaicos ese extraordinario don que tienes para viajar, a voluntad, en el tiempo.

Imagen: Villa romana del Casale, Sicilia (siglo IV)

Siguiente, por favor

augusto

En la pista central del circo, Augusto y Tontaina llevaban diez minutos de bofetadas para regocijo del público. Mayores y niños se palmeaban los muslos y dejaban caer ríos de palomitas grasientas. El maquillaje de Tontaina era un borrón de blancos y rojos, con churretes de rímel de puta barata. Fuera de sí, incapaz de soportar tanta humillación, lanzó Sigue leyendo

Encuentro clandestino en el bosque

bosque

Ambos rodaron contra un anciano roble. La proximidad llevó a Lila Madreselva a arrugar la nariz. Los efluvios viriles del barón de Almizcleur eran sordos y penetrantes. El noble no se arredró ante el gesto de rechazo y continuó con sus intentos de seducción.

—Sois un frívolo, barón.

—Muchacha, si te tomas la vida demasiado en serio, te precipitarás en el aburrimiento y la amargura. Sigue leyendo

Ese perturbador soniquete nocturno

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Solo la intervención de Sor Carmela consiguió que Inés accediera a compartir temporalmente su dormitorio de la residencia para mayores, insistiendo en la virtud de la caridad. «Pago para dormir sola, madre», le había dicho antes de claudicar en el confesionario. Desde el primer día, tuvo que soportar la molesta costumbre de Amalia de acostarse con un transistor pegado a la oreja escuchando los resultados deportivos, ese runrún insidioso que le impedía pegar ojo hasta que lo apagaba con un «buenas noches, Inés». «Pero, ¿le gusta el fútbol, Amalia?», le preguntó cuando no pudo más, incapaz de Sigue leyendo