FUEGO EN LAS ENTRAÑAS

Empieza el solsticio de verano, qué hermosas están las ramas de nuestro árbol mientras los rayos del sol se filtran entre las hojas. Os dejo este relato del Tintero Virtual de Netwriters. Disfrutadlo.

 

Fuego en las entrañas

No podía apartar la mirada de los ojos de su madre, tenían una cualidad hipnótica, una tonalidad de verde frondoso que, según ella le había dicho más de una vez, era excepcional entre los suyos.
—Madre, ¿cómo murió padre? —le preguntó no por primera vez en su vida. Lo había intentado antes, sin éxito. Aquel día, en cambio, ella suspiró y le dio contestación:
—Fue un día como el de hoy. Salió de caza y se encontró con una partida de caballeros del Conde. Luchó con bravura —hizo una pausa durante la cual cerró sus ojos de esmeralda—, se llevó a muchos por delante y murió como un valiente. Hoy solo estamos tú y yo.
Se estableció el silencio entre ambos. De algún modo, intuía que el hecho de que se lo contara suponía algún tipo de cambio. Había dejado de ser un crío y tendría que empezar a afrontar la vida como adulto.
—¿Te vas, madre? —preguntó cuando la vio salir de la cueva que les servía más de refugio que de hogar.
—Estarás hambriento, mi pequeño…
—¡Ya no soy pequeño! —protestó el joven—. Puedo salir a cazar.
—Deja que cace para ti una última vez, te lo ruego. —Seguía teniendo ese tono maternal, capaz de calmar todas las sombras y pesares.
***
Las horas de la noche dieron paso al clareo del amanecer y la madre no había regresado. Empezaba a inquietarse de veras, aunque un adulto jamás hiciera tal cosa. Se le hizo un nudo en las entrañas, un calor que elevaba la temperatura de su cuerpo, que agolpaba imágenes de días de gloria en los relatos que le contaba antes de enviarlo a dormir. Si él pudiera hacer que retornaran esos tiempos… Las convulsiones hinchaban su vientre y lo contraían con violencia.
—Madre… —Nadie le había preparado para esto, la necesitaba más que nunca. Se sintió solo hasta la nausea
***
Pasos apresurados en la entrada de la caverna, un griterío a las afueras. Algo malo estaba sucediendo, algo terrible.
Madre se asomó por fin en el reducto, pero tenía la mirada opaca y tenía sangre tanto en la boca como en el cuello.
—Huye, mi pequeño, vienen a la última cacería, armaduras y lanzas de punta mortal. ¡Huye, hijo mío!
—Madre, ¿qué te han hecho? —le preguntó lleno de angustia.
—Yo los entretendré. Recuerda la salida del arroyo que canta. No creo que la conozcan, pero es demasiado angosta para mi cuerpo. Tienes una oportunidad de escapar.
El dolor en las entrañas era puro ardor, le hacía doblarse, una quemazón que amenazaba con romper piel y hueso y arrojarse al exterior como metal fundido.
—Madre, mis tripas… es fuego…
El rostro maternal resplandeció una vez más, era puro orgullo.
—Es la hora, hijo mío. Razón de más para que huyas, eres el último de una estirpe milenaria, Márchate, amor mío.
Se rompió por dentro. Era un volcán a punto de erupción y, a la vez, era furia, odio ardiente y desesperación. El ansia de venganza por su pueblo perdido, el vacío de su porvenir, la soledad a la que se veía abocado.
—No, madre. Lucharé y moriré como padre. Derramaré mi fuego sobre los humanos, porque soy el último de los dragones.
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OLOR A SAL

Este es el microcuento finalista en el II CONCURSO DE MICRORRELATOS MANUEL J. PELÁEZ entre más de mil quinientos y que saldrá publicado junto al microcuento ganador, Angel Pontones Moreno y otros cuarenta y nueve más.
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LA LOLA DEL PUERTO

 Enfila la calleja con rumbo errático y desmiente el apodo que su proa turgente le ha ganado en las tabernas del puerto: la Fragata.
La travesía le lleva al cuartucho que comparte con su hijo. Abre la puerta. La jarra de vino cae al suelo y desparrama la sorpresa. Ismael, su marido perdido en el naufragio del «Palmira», contempla al pequeño dormido. Lola cubre su escote con la toquilla manchada de tinto. No siente culpa por lo que cree ver en el silencio de los ojos de Ismael.
El marino se levanta ante los restos de Lola y abre en silencio los brazos, diques que ofrecen refugio. Lola entra a puerto con las lágrimas en las velas. Ha vuelto a casa…


RE-VOLUCIÓN

Domiciano saluda con el puño en alto al desvaído poster del Ché y recoge la bandera comunista enarbolada en cientos de asambleas durante la Transición. Es el momento. Las redes sociales han reaccionado ante el dominio de los políticos sobre una sociedad aletargada. Se estima que serán miles los jóvenes que se concentrarán en la capital para protestar. Domiciano se enorgullece de ver, por fin, un viso de rebeldía en su indolente nieto. Juntos salen a la calle.

Dolores abre la puerta al abatido sindicalista.
—¿Qué ha ocurrido, Domi? ¿La nacional dando palos de nuevo?  —pregunta al ver la opacidad en los ojos de su marido.

—Protestan contra la baja calidad de Internet, Lola. Quieren más ancho de banda…

LA IMPOSIBILIDAD

«¿Es que no fuiste a la escuela? Un teseracto es un hipercubo, una figura cuadrada con cuatro dimensiones, como un cubo tiene tres y un cuadrado tiene dos. Mira, te lo demostraré.»
Robert A. Heinlein “…Y construyó una casa torcida”
Gary corrió a la puerta con ilusión. Era la primera vez que sonaba el timbre desde que había lanzado al mundo su desafío: doscientas mil libras por pasar una semana en la lujosa villa que había construido en cuatro dimensiones, anclada en distintos universos alternativos. Un solar de apenas cincuenta metros cuadrados que albergaba, según afirmaba el propio arquitecto, un pequeño palacio de doscientos por planta, piscina exterior climatizada, invernadero y hasta un laberinto de setos en el jardín.
Puso un ojo en la mirilla y lo que vio superó sus mejores expectativas. Una mujer… Cuando abrió no preguntó quién era, ni miró al grupo de periodistas aburridos que permanecía al otro lado de la valla. Después de un par de meses, pocos quedaban para cubrir la noticia.
—Bienvenida. Soy Gary Lloyd.
Su visitante era delgada, con el pelo corto de un intenso color blanco y una mueca de seriedad irritada en el rostro sin maquillaje.
—Me llamo Iris. ¿Puedo pasar? —preguntó sin cortesía; ya estaba dando los primeros pasos hacia el interior.
Gary se apartó para no ser arrollado por aquella mujer menuda pero imponente.
—Ha venido por lo del reto, ¿verdad? Demostraré al mundo que la construcción es completamente segura.
Ella esperó unos instantes antes de contestar:
—No exactamente… Muéstrame la casa.
Gary estaba confuso. Tal vez ella quisiera comprobar la realidad de la propuesta antes de decidirse a aceptar. Los gurús de la ciencia se habían ensañado con un pronóstico atroz para el final del proyecto. La lista de solicitantes quedó completamente desierta…, hasta ese día. Guió a Iris por toda la planta baja, mientras alardeaba de lo espacioso de las estancias, del gimnasio, la sala de música o la espléndida biblioteca. «Convertido en agente inmobiliario…». Se guardó mucho de expresarlo en voz alta.
En la segunda planta, Gary enumeró los dormitorios: «Aquí la habitación azul, decorada según…, este es el principal, dominado por tonos pasteles…». La mujer lo examinaba todo a conciencia. No estaba interesada en los muebles ni en los aposentos por sí mismos. Comprobaba la certeza de sus afirmaciones, hacía sus propios cálculos.
—Ahora le mostraré el jardín, si es tan amable…
—No es necesario. Tengo suficiente —le interrumpió Iris, dando por finalizada la visita. Se llevó un dedo al oído y pareció escuchar algo, aunque Gary no había visto auricular alguno.
Ella buscó un sofá para sentarse. Antes de cruzar las piernas, extrajo del discreto bolso que portaba un sobre rectangular, de papel grueso y color de pergamino. No tenía remite, pero el nombre de Gary aparecía en letras doradas en el anverso.
—He venido a entregar un mensaje. Lo siento, no puedo disfrutar de tu hospitalidad.
Gary suspiró con decepción, mientras tomaba entre sus manos el sobre. «No parece del Juzgado». Si no conseguía vender la casa, los préstamos vencerían y quedaría arruinado. Todo habría sido en vano. Necesitaba demostrar que no había peligro, que sus teorías eran correctas. El problema de la superpoblación quedaría resuelto; los habitantes de la Tierra dispondrían de viviendas dignas, nuevos cultivos…
Acompañó a Iris hasta la puerta y contempló cómo se alejaba. No lamentaba que se fuera. Mejor solo que mal acompañado.
De vuelta a su estudio, se sentó para leer la carta:
«Estimado señor Lloyd.
Enhorabuena. Si está leyendo estas líneas es porque Iris, nuestra enviada, ha validado su teoría del Campo Multiversal.
Nos complace invitarle, con la mayor de las cortesías, a abandonar su universo de origen en el plazo de diez segundos.
Atentamente,
Zeus, portavoz del Consejo de Administración de Olimpo Ltd».
Ocho, siete…, debía tratarse de una broma macabra, un ardid de sus detractores. Cinco, cuatro…, no se reirían de él, de ninguna manera, dos, uno…
Plop.
Zeus apartó los ojos de la pantalla, visiblemente irritado. El quinto intento en lo que iba de década. Era cuestión de tiempo que los humanos superaran las barreras y no pudiera frenar su incontenible ansia de expansión. Con un suspiro, pulsó un botón de la consola.

—Haz venir a los cuatro jinetes. Tenemos trabajo.

EL NOMBRE DE LA HOJA

Eran unas ruinas peligrosas. A la luz de los focos de los cascos veían cómo el polvo inmemorial, ahuyentado por sus pasos, volaba en pos de un lugar mejor.
—¿Por qué este lugar, maestro? —preguntó el acólito mientras ajustaba el sencillo cordón trenzado, símbolo de su orden, a la cintura del traje protector.
—Hemos encontrado la localización de una importante sede de poder. De ser cierto, podría haber un importante depósito de ejemplares. —dijo William con la voz distorsionada por la escafandra.
Avanzaron por el pasillo según el protocolo básico de seguridad. El edificio parecía estable, pero… Llegaron a unas puertas dobles con impactos de bala.
—¿Qué significan esas letras, maestro? —Adso señaló el cartel sobre la puerta. A William le fascinaba su insaciable sed de conocimiento.
—No es una palabra, son siglas, las iniciales de una congregación. —El anciano parecía satisfecho—. Es justo lo que buscábamos. Hay que darse prisa, ya sabes lo que pasará si los agentes gubernamentales nos descubren.
William utilizó la ganzúa térmica para desbloquear la hoja de la derecha y la abrió casi con reverencia. Esperó unos segundos a que el aire viciado abandonara la estancia. Los trajes autónomos les protegían de cualquier veneno, más no de una explosión de gas. Cuando estuvo seguro, tiró del cordón de Adso para colocarlo tras de él antes de entrar en el recinto sellado. Por fortuna, William tenía claro cuál era el camino a seguir en aquel laberinto. Descartó varias puertas cerradas más y se dirigió directo a la sala que buscaba: una antigua biblioteca que, sin embargo, no se había salvado de la barbarie y en la que cientos de volúmenes ennegrecidos yacían perdidos para siempre. En un arrebato de intensa furia, levantó con las manos nubes de ceniza en busca de algo que rescatar.
La diosa fue benévola con él.
—Mira, querido Adso —a pesar de la estática, había intensa alegría en su voz—. Hay al menos dos docenas de tomos en buen estado.
Llenos de regocijo, ambos se pusieron de inmediato a catalogar títulos y autores en sus teclados de antebrazo. Adso tardó unos minutos en comenzar las preguntas.
—¿Qué idioma es este, maestro?
—Español antiguo, Adso. Una de las lenguas que más se utilizaban en todo el planeta y que dio a la historia de la Literatura muchas de sus obras cumbre. —William adoptó un tono enojado—. Deberías saberlo, muchacho. Cuando vuelvas a la abadía harás una lista con todos los autores que encuentres en el registro.
Adso no protestó. La tarea no constituía un castigo severo para el joven, que era feliz rodeado de aquellos volúmenes ancestrales, del olor a papel y polvo, a cuero y a leyendas. Casi habían terminado, pero William no dejaría pasar la ocasión. No se iría sin registrar el despacho principal. Abrió todos los cajones a su paso por si quedaba algo de provecho. De la decepción inicial de los primeros muebles pasó a la excitación cuando uno de ellos se resistió. La descerrajó sin miramientos y en su interior halló un libro solitario, sin palabras grabadas en su cubierta. Sus páginas estaban repletas de extrañas inscripciones.
—Esa letra… —acertó a murmurar un atónito Adso.
—Había oído hablar de ellos, pero no pensé que llegaría a vivir para ver uno… —La mente de William trabajaba deprisa—. Se trata de un manuscrito. Observa las columnas y las líneas irregulares. Esto fue escrito a mano, Adso.
—¿Con qué propósito, maestro?
—Es difícil aventurarlo… Diría que esto de aquí son iniciales de nombres propios y lo de las columnas números. —William leyó aquel sinsentido—: R. Rato, M. Rajoy. Entradas, saldos… No tengo claro qué significa, he de investigarlo a fondo, aunque lo mejor será que el Gran Maestre no se entere todavía, ¿estás conmigo, Adso?
El joven asintió. Le idolatraba y haría cualquier cosa que le pidiera. En justicia, William debía ofrecerle alguna compensación y el mero levantamiento de «castigo» no le parecía suficiente, merecía mucho más. En un momento de inspiración cogió uno de los libros que habían recogido y se lo entregó con toda ceremonia.
—Maestro, ¿de qué sirve almacenar libros si no podemos leerlos? —preguntó con el ejemplar apretado contra su pecho mientras salían del edificio.
—Yo te enseñaré, Adso.
Adso cerró “Rebelión en la Granja” con las palabras resonando aún en su cabeza: «Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír».

Ya era hora de que cambiaran algunas cosas.


CASANOVA Y EL MAR

Prometí publicar este relato en el blog y siempre cumplo una promesa. Para ti, Lydia.


Casanova y el mar

El último mensaje seguía ahí, en el móvil; otro esquinazo en el último momento. Debía tratarse de una ex que intentaba pagarle con su misma moneda, pero eran demasiadas como para tener una sospecha clara. Años de seducción, de echar el anzuelo en la Red y conseguir deliciosas presas, siempre los más atractivos pececitos del banco. Esas páginas de contactos era una mina. A Javier le resultaba tan sencillo que, en ocasiones, se aburría, aunque no por ello cejaba en su empeño. El método era sencillo: crear un perfil con su foto más atractiva, unas palabras ligeramente misteriosas en la biografía y unos gustos amplios para abarcar diversas posibilidades. Un par de chateos, a lo sumo, y ya tenía el teléfono. De ahí al dormitorio era un par de cenas, en el caso de la más resistente.
Sin embargo, con Luca había sido diferente desde el principio. Mostró algo de interés, sí, en los primeros compases, pero después entraba y salía del baile con ágiles movimientos evasivos. Cuando parecía que Javier se irritaba y pasaba a otra cosa mariposa, Luca aleteaba de nuevo en las cercanías y el interés rejuvenecía. Todo un reto. Si era cierto que se trataba de una ex, se tomaba muchas molestias. Javier era locuaz e ingenioso, pero no persistente y aquel era el pez del viejo en el mar. Tira y afloja.
Otro mensaje. Que sí, que había llegado, que la esperase, que fuera al bar donde han quedado, por favor, pero que no saliera corriendo. Sonaba demasiado a broma, o peor, a trampa. Javier hizo un amago de dar media vuelta e irse a casa a por otro sedal, aunque no pudo resistir el embrujo de la misteriosa cita. Entró en el local. Solo había una mujer dentro. Tenía que ser Luca, sentada en una silla de ruedas y mirando hacia la puerta con ojos indefensos. Su instinto depredador sufrió un revés. Ahora entendía las reservas con respecto a las fotos del perfil y las evasivas cuando Javier se las solicitaba. Le gustaban las mujeres altas, de piernas largas y caderas estrechas. Luca, en cambio, era una chica del montón con un hándicap adicional. Pudo leer la decepción en los ojos de ella cuando la duda le retuvo en la puerta de la cafetería. Recordó su conversación tan agradable, siempre culta e interesante, por no hablar de su enorme sentido del humor… Reaccionó a tiempo, tenía esa facilidad. Sonrió al mirarla. Qué diablos, la chica le gustaba, tal vez fuera el momento para un cambio.
Se acercó a Luca, desconcertada ante el cambio de estrategia de Javier. Esperaba tensa, como una presa acorralada, pero él sabía ser arrebatador cuando se lo proponía:
—Hola preciosa, ya era hora de conocerte.

            Recibió tal sonrisa a cambio que se derritieron todas y cada una de sus capas de estupidez. La mirada de Luca le transmitió una paz desconocida y de pronto deseó que aún quedara esperanza para él.

LA BIBLIOTECA

Estampé mi firma con satisfacción. Había empleado tiempo y recursos para lograrlo, pero al fin era mía la Villa de las Flores, hogar ancestral de la familia Villena. En su interior, verdadero objeto de mi deseo, la magnífica biblioteca, reunida a través de generaciones.
El portón de acceso cedió con facilidad a la llave, un detalle de buen agüero. Fascinado, exploré mis nuevos dominios hasta encontrarla. Paredes recubiertas de libros de todos los tamaños y encuadernación: enciclopedias, tratados, antologías… Apenas llevaba unos minutos en la mansión y ya me sentía como en casa. Ansiaba perderme en aquella biblioteca, sumergirme en lecturas únicas en el mundo o en la mera contemplación de aquellos anaqueles cuyo contenido era un tesoro.
 
Qué estupidez. Tenía a mi disposición una de las mayores colecciones privadas y, sin embargo, me sentía atraído por aquel libro solitario que había quedado relegado tras el abandono precipitado de la familia. Reposaba en un atril, abierto todavía por la página que mi predecesor había marcado con la cinta roja. Sería un buen comienzo dar continuidad a esa lectura, un silencioso homenaje a su anterior propietario.
Mi capacidad de lector crítico quedó en entredicho. No era capaz de discernir una historia, un solo pensamiento en aquella amalgama de frases incoherentes, más propias de un escritor perturbado. Provocado en mi más secreto orgullo, a punto estuve de cerrar el libro para siempre y arrojarlo a la chimenea. Cerré el libro y me fui a dormir, aunque fui presa de un sueño en el que el volumen de tapas negras me urgía a continuar su lectura y descifrar su secreto. A medianoche…
 
***
Desperté ofuscado. El desánimo había tomado el lugar del entusiasmo del primer día en la villa. Nunca antes se había desquiciado mi descanso de aquella manera. Debía hacerlo a medianoche… ¿Hacer qué? ¿Destruir el libro? Tal vez se tratase de una especie de ritual… La falta de adecuado descanso hacía mella en mi talante escéptico.
A pesar de todo, no me acerqué a la biblioteca en todo el día, atrincherado en la redacción de diversas cartas en mi flamante despacho. Por la noche, tras una cena fría, el descanso se convirtió en una repetición de la pesadilla, protagonizada ahora por una mujer de semblante sereno en una tez pálida como la luna llena y cabellos ensortijados, que imploraba mi ayuda con gestos que yo era incapaz de interpretar. Sometido a su embrujo en descanso y vigilia, no me cabía sino afrontar el misterio.
Con renovado valor, mediada ya la mañana, me dirigí a la biblioteca dispuesto a todo. Cargué la copa de un brandy espeso que apuré sin titubeos. Antes de sumirme en la lectura examiné con una lupa el tomo, sin hallar marcas ni señales de interés. No había título ni autor aparente. Me concentré de nuevo en el galimatías de oraciones sin sentido. Los trazos de tinta impresa se alargaban como zarcillos que intentaran apoderarse de mi cordura en una lucha desigual en la que estuve a punto de sucumbir. Mi único apoyo era el recuerdo de la dama pálida. Apelé al sentido común. La racionalidad no podía ceder ante la superstición. Aquello no era nada más que un simple libro.
Leí sin cesar, página a página, sin atreverme a saltar un solo párrafo por temor a perder información de importancia. Con el discurrir de los capítulos fueron tomando forma imágenes en mis retinas como si de un cinematógrafo se tratara. Rostros de una familia de opulencia manifiesta en sus ropas, maneras y que se encontraban sin duda alguna en el interior de la Villa de las Flores. Eran ajenos a mi observación. Tan solo la dama del cabello rizado mantenía su mirada fija en mí, empujándome a continuar. «Medianoche», leía ahora con claridad en sus labios. La historia oculta cobraba sentido entre aquellas hojas: la desaparición repentina de la familia Villena. Imposible saber de qué modo habían quedado atrapados. La mujer reclamaba mi ayuda, tal vez la única esperanza de liberación. Debía continuar la lectura hasta la medianoche, era la clave. Sin embargo, un sutil temor comenzó a calar en mi propósito. Ignoraba si todo aquel montaje no era sino una trampa para aprisionarme a mí también. La promesa que leía en sus ojos faltos del brillo de la vida no parecía un aliciente poderoso como para abrazar tales riesgos. Fue necesario recurrir a toda mi voluntad para poder levantar la mirada de la atracción magnética de aquellas líneas de texto. El reloj de pared marcaba las once y cincuenta. Fuera, la noche era absoluta. Llevaba todo el día encerrado entre aquellas palabras, una prisión elocuente que terminó por decidirme.
 
Cuando consideré que el hoyo era lo bastante profundo, dada mi escasa aptitud para el trabajo manual, arrojé el libro a su interior, con la esperanza de haberme deshecho de un inquilino inquietante y de una amenaza a mi derecho de propiedad sobre la villa. Desde el jardín, a través de la ventana abierta de la biblioteca, podía escuchar como el carillón marcaba las doce campanadas.
 

Sigue leyendo

FINANCIAL TIMES


Su cara se asoma por la puerta entreabierta.
—Señor Presidente, sé que es un momento difícil…
Es su lugarteniente, su hombre de confianza, aunque en este momento le dan ganas de matarlo. Con la que está cayendo y le viene con balances…
Lo despide con la mano enguantada.
Mientras su acólito sale de la estancia, sus ojos se posan sobre los titulares del Times sobre su mesa. “La sobreabundancia de oro quiebra el sistema financiero. Cientos de suicidios”. Tras considerarlo unos momentos, Midas se quita el guante y se rasca la cabeza.

ANTIGÜEDADES



Violeta desconecta la conexión neuronal y sus ojos vuelven lentamente a la vida.
—Papá, ¿qué significa la palabra «paz»? ¿Qué son los Derechos Humanos?
—Otra vez has estado leyendo, ¿verdad? —interviene la madre.
—Uno de esos maravillosos «libros» antiguos, mamá.
—Búscalo en los diccionarios, Violeta —dice el padre con aburrimiento.
—Ya lo he hecho, no están…
El padre se encoge de hombros ante la pregunta, así como ante la pantalla de noticias gubernamentales donde le indican que todo va bien.

FIN

UN BUEN PARTIDO


La fiesta había sido un sueño. Su entrada en el Gran Salón de palacio, el rubor del Chambelán al no saber a quién anunciar, la mirada del Príncipe prendida de ella, el espectacular vestido… Por no hablar del peinado. Divina locura.

Casi tan dulce como acaparar los bailes del Príncipe eran las caras de la madrastra y sus hijas cada vez que coincidían los pasos de baile con las miradas en ese sector del público. Porque eso eran las tres: espectadoras de su noche. Ni que viviera seis veces seis vidas podría agradecer su generosidad a la mujer que había allanado el camino hasta llegar a este momento, después de una mísera vida de orfandad. ¿Por qué tuvo que irse padre tan pronto? La ciega obediencia, la sumisión, el buen comportamiento. De nada servía lamentarse. Aquella era su noche y, si todo salía según lo había previsto su madrina, sus desvelos terminarían por fin. Boda real. La compensación por una vida de vejaciones en lo que era y debería haber sido su hogar. La frustración de su madrastra y especialmente la de esas hijas suyas que tan imposible le habían hecho la vida.
Salió a la terraza para buscar un poco de aire y rebajar el rubor de sus mejillas. El Príncipe aparecería enseguida para contemplar las estrellas con sus manos enlazadas. Puede que incluso intentase darle un beso y ella se resistiera solo lo justo. De ahí al anillo sería cuestión de días.
El calor se disipó con el frescor de la noche y ella seguía en la terraza. Sola. El Príncipe no acudía al envite y ella no lo entendía. ¿Le habían mentido sus ojos? La música cesó de forma abrupta en el Gran Salón y no le quedó más remedio que regresar. Cuando entró nadie se fijó en ella. Todas las miradas estaban posadas en el estrado donde el Rey y su vástago miraban a los invitados. El silencio no tardó en adueñarse de la estancia. El monarca carraspeó y, tras echar una mirada ceñuda a su hijo, hizo un anuncio oficial: el del compromiso del Príncipe con… ¡Su hermanastra! La mirada de triunfo de su madre lo decía todo.
Su recién elevado mundo se desplomó con un estruendo que solo escuchaba ella. Salió de palacio de forma tan estrepitosa que dejó abandonado en el camino uno de sus zapatos cristalinos. No le importó que a las doce tuviera que devolver todo el ajuar al establecimiento donde su Madrina había encargado el atrezzo de alquiler. Ella abonaría la fianza por extravío de calzado.
Su mirada estaba enturbiada por las lágrimas al salir a la avenida donde se suponía que debía esperarle la limusina. Había abandonado la fiesta dos horas antes de lo previsto. Nadie aguardaba. Su despecho la empujó a correr hasta que, exhausta, se dejó caer en el asiento de una marquesina. Seguía llorando hasta que otro estruendo menos personal la sacó por un momento del pozo de las penas. A su lado se detuvo una moto enorme, de esas con el manillar inclinado hacia abajo y el asiento reclinado en un ángulo insólito para mayor comodidad de su jinete.
—¿Te llevo a algún sitio, nena?
Cenicienta parpadeó. Una mujer exuberante de tupida cabellera, cuyos ojos negros invitaban a probar toda clase de curvas. Nada le esperaba en casa sino escarnio y mofa. Sin dudarlo, pasó con descaro una pierna por encima de la enorme montura y se sentó bien apretada a la piloto. Era hora de dejar de ser una chica buena.