Back home (Pablo Gavilán 3)

Bajó del taxi después de dejar una buena propina al conductor y negarse en redondo a que le cogiera sus cosas del maletero. Gavilán se colgó la guitarra a la espalda y aferró las asas de su bolsa de viaje antes de encarar su regreso a casa.

La gira había durado ocho meses. «Demasiado poco. Solía pasar más de un año en la carretera», recordó con amargor. No era necesario llamar, nadie aguardaba al otro lado. Atravesó un jardín lleno de matojos y bolsas de plástico sin molestarse en revisar el estado de la cerca. La puerta lacada de blanco le esperaba, obstaculizando su paso al interior. Junto con las llaves, extrajo del bolsillo el móvil. Se quedó mirando el logotipo del Hard Rock Café en el llavero mientras esperaba el tono de llamada del número de Richar. Soportó estoicamente la tonada de Aerosmith que, supuestamente, debía entretener al llamante hasta que descolgara.

—Cinco, dos, tres, ocho, cuatro… —contestó Richar con cierto tonillo divertido.

—Vete a la mierda, tío…, ¿cómo sabías que…?

—Reservé tu vuelo en persona. Sabía a qué hora llegarías a casa y que, como siempre, olvidarías la combinación de apertura de la alarma. Bienvenido a casa, Pablo.

—No me llames Pablo, capullo. Ya hablaremos tú y yo sobre el último hotel —sin dar tiempo a contestar, cerró la tapa del aparato cortando la llamada. Quería a Richar como un hermano. Llevaban juntos en esto desde el principio, el único que aguantaba su carácter. El único que no se había ido.

La puerta se abrió sin ruido, había costado un dineral. Dejó la guitarra apoyada en la pared, bajo una horrible copia de Warhol y subió la escalera principal. Tuvo que patear alguna que otra lata de refresco vacía. Esa camiseta del suelo… Estaba seguro de que no era suya, pero la chica —una monada, por cierto— la mandaba Richar, de pago. Ya no hacían cola las jovencitas, atraídas por el fulgor del gran músico, su dinero y las celebraciones en las que nunca faltaba de nada. Su agente había despedido al personal. «La cuenta no está para excesos», le había dicho. Joder, podía haberse encargado de que la limpiaran por lo menos. La fiesta de arranque de gira…

Nada más entrar en su habitación, se tiró en plancha sobre la cama de agua, que borboteó en la recepción, adaptándose a su cuerpo tras unos bamboleos. Apartó unos cabellos del rostro para mirar al cielo a través de aquella claraboya tan rocambolesca que había encargado por Internet y que había sido objeto de comentarios en un número de Rolling Stone. “Las estrellas te miran”, lo habían titulado, no sin cierta sorna. Desde su posición alcanzaba a ver el único otro mueble del dormitorio. La estantería del bar daba grima. No necesitaba acercarse para comprobar que la fiesta, además de cierto tufillo, había dejado secas sus reservas. Echó mano al bolsillo trasero de los tejanos que todavía llevaba puestos. Salvado. La petaca estaba a pleno rendimiento, la azafata se había encargado de que no le faltara de nada durante el vuelo. Bourbon…, aquel tipo del hotel, el del pelo a lo Alfredo Landa, se había portado. Tosió después del trago y se tuvo que sentar, apoyando el peso en una mano para vencer el oleaje.

El alcohol le dio la firmeza necesaria para quitarse las botas de punta metálica y arrojarlas a un rincón distinto. Le gustó el sonido del calzado rebotando en la mullida —y mugrienta— moqueta. Ya se ducharía mañana, había encontrado el mando a distancia de la claraboya y sí que recordaba cuál era la secuencia para oscurecer el día. Necesitaba dormir unas horas, aunque fuera media tarde; necesitaba darse por enterado de su vuelta a casa.

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